¿Se puede salir de la paradoja populista?

Contribución al modelo de Gerchunoff, Rapetti y De León (2020), desde una perspectiva desarrollista

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ENSAYO DESTACADO

1. Introducción

Entre 2016 y 2020, Gerchunoff, Rapetti y De León propusieron un modelo analítico para tratar de entender por qué las políticas económicas llamadas populistas, a pesar de su mala reputación, y a pesar de haber terminado mal una y otra vez, persisten como una opción concreta para los gobiernos. La formalización que ofrecieron posiciona al populismo como una respuesta política más o menos prudente frente a una situación particular: la tensión distributiva estructural. En el modelo aparece un dilema entre equilibrio macroeconómico y armonía social. El enfoque de tal dilema como “tensión” asume el carácter propiamente político de las políticas económicas, lo que rehabilita en alguna medida al populismo como respuesta razonable a una problemática concreta.

Es claro que detrás de la paradoja populista está la paradoja argentina: cómo un país con amplias condiciones para el éxito económico arrastra tantas décadas de estancamiento y retroceso relativo, y por eso frustración de expectativas sociales. Pero esta paradoja no se debe tan solo al populismo. También las políticas ortodoxas fracasaron. GyR podrían decirnos que acaso eso les ocurrió por no hacerse cargo de las tensiones distributivas estructurales.

La pregunta que motiva este trabajo es si no le falta algo al modelo. Algo detrás de la tensión distributiva estructural, que se pueda formalizar e incluir en el modelo, y que la explique.

Proponemos que el concepto no formalizado en el modelo de GyR es (a) la baja productividad de la economía argentina, y en particular de amplios sectores de la economía real, la estructura productiva. Lo que muchas veces se llamó “subdesarrollo”. Detrás de las tensiones distributivas, hay (b) una brecha de productividad intersectorial que ha sedimentado históricamente en toda la economía argentina, de manera particular, característica. Este hecho, muchas veces descripto y reconocido como problema en sí mismo, no suele incluirse como variable endógena en los modelos. Intentaremos mostrar qué pasa cuando se lo incluye. Por un lado, se explica la tensión distributiva; por otro lado, se abre el camino para resolverla, o al menos procurar resolverla, desde una política económica diferente del populismo y la ortodoxia.

No hace falta subrayar que las hipótesis tienen como caso particular típico la historia económica argentina de las últimas décadas. Aquí el dato crucial no es tan solo el proceso de descapitalización y la caída de la productividad global (media) de la economía argentina en general, sino la postergación nítida de la capitalización de una gran parte de la economía real argentina (en particular la producción industrial en los conurbanos del GBA, Gran Córdoba y Gran Rosario), en los últimos 60 años. La alternancia entre políticas ortodoxas y populistas, el cambio cíclico de reglas de juego, de incentivos y penalidades, inhibió los procesos de inversión y capitalización que hubieran permitido elevar la productividad de muchos sectores, y agrandó la brecha de productividad.

Pero la baja productividad de buena parte de la industria argentina no es una maldición natural. No siempre fue así. En los años sesenta o setenta del siglo XX, el país aún procuraba fabricar desde automóviles hasta aviones y electrónica, acercándose, con bastante dificultad y esfuerzo pero también desplegando recursos, talento y pericia, a la frontera tecnológica de entonces, en la mayor parte de los rubros y ramas de la industria. Sin embargo, esa época pasó hace mucho. Hoy la economía argentina acumula décadas de regresión productiva, con bolsones de tecnología obsoleta, baja capitalización y baja productividad en sectores enteros.

La descapitalización no es el telón de fondo del dilema que describen GyR: es su causa principal. Y hay que poner el eje de análisis aquí.

Si logramos completar una exposición con sentido, el dilema de política económica que incentiva el populismo (una política en definitiva inconsistente, que vulnera el equilibrio del modelo), se transforma en un problema con solución, dentro del nuevo modelo. Esa solución es una política de desarrollo, como tercer camino entre el populismo y la ortodoxia. Para eso deberemos de pasada definir con precisión, dentro del modelo, qué es “una política de desarrollo”.

2. La idea de populismo

El término “populismo” es uno de los más utilizados y menos precisos del vocabulario político-económico contemporáneo. No es simplemente un término borroso: es un término equívoco, cargado de implícitos valorativos y usos retóricos que distorsionan el análisis antes de que éste comience.

Detrás del uso del término se acumulan varios implícitos que, sin pretensión de exhaustividad, conviene al menos enunciar:

a) La dicotomía populismo / “seriedad republicana” presupone que existe una forma correcta de gobernar, técnica, prudente, institucional, y una forma incorrecta, demagógica, cortoplacista, y que existe un límite claro entre ambos términos.

b) El populismo aparece como si el gobernante simplemente cediera a presiones sociales irracionales. Pero en una democracia, responder a demandas sociales es precisamente el mandato del gobierno. El concepto no permite indagar dónde está la línea de prudencia entre representar y ceder al canto de sirenas populista.

c) Se asume que existe una política económica “correcta” —la que equilibra variables macro— y que el populismo es la desviación de ese óptimo. Pero eso presupone un modelo teórico particular como referencia, que no se explicita ni se justifica, y que a priori deja de lado demandas sociales genuinas, como si fuese imposible internalizarlas o fuesen siempre extrañas o perversas.

d) El populismo aparece como patología del gobernante (miopía, oportunismo, demagogia), cuando al menos puede ser la resultante racional de una estructura de poder donde ciertos actores tienen influencia y capacidad de veto sobre las políticas de largo plazo.

e) En la mayoría de los contextos, llamar “populista” a una política es simplemente descalificarla sin analizarla. El término funciona como arma retórica de oposición política, no como categoría analítica.

En una democracia, toda política exitosa y popular es pasible de ser llamada populista por sus adversarios. Si cualquier gobierno que responde a demandas sociales y construye apoyo político puede ser tildado de populista, el concepto no tiene poder discriminatorio real. Pero además, la construcción de capital político es simultáneamente la condición de posibilidad de cualquier política de largo plazo. Un Estado sin legitimidad popular no puede sostener reformas estructurales. Así, incluso la estabilidad política que requiere un ajuste ortodoxo, también necesita legitimidad. Ella se construye respondiendo a demandas, “siendo populista” en algún sentido. Si el primer deber del gobernante es mantenerse en el poder, habría una tentación populista siempre que se procurasen cimentar las condiciones básicas para gobernar.

A los efectos de este trabajo, conscientes del sesgo que implica su uso, y creemos que en línea con GyR, nos limitaremos a la acepción del “populismo económico”, el conjunto de políticas que priorizan objetivos distributivos de corto plazo —mejora en los salarios reales, apreciación del tipo de cambio, expansión del gasto público— por encima de los márgenes habituales de equilibrio macroeconómico aceptados. Populistas son las políticas que se desenvuelven enfocadas en las demandas sociales, con más o menos laxitud respecto de su propia sustentabilidad técnica de mediano plazo.

Este uso del término populismo se limita deliberadamente y se sustrae de la valoración política. Que un modelo económico sea “populista” en este sentido acotado no dice nada sobre si el gobernante es un demagogo, si representa genuinamente a su base política o a las aspiraciones del conjunto, si la política en sí misma es legítima, o si respeta la división de poderes y la institucionalidad liberal clásica. Solo describe una estructura de prioridades en la gestión económica inmediata.

3. La idea de desarrollo

Antes de extender el modelo de GyR, conviene detenerse brevemente en la idea de desarrollo. ¿Qué es el desarrollo? La respuesta habitual es tácita y trivial: desarrollo es crecimiento sostenido del PIB. Esta definición es tan dominante que se ha vuelto invisible, y convierte a la idea de desarrollo en un concepto prácticamente superfluo. Miremos más en detalle.

El debate sobre política económica argentina oscila desde hace décadas entre ortodoxia y heterodoxia, entre ajuste del gasto y estímulos a la demanda agregada, entre apertura y protección. El “desarrollo” sería nada más que un horizonte deseable para ambas escuelas, sería el resultado de condiciones macro correctas o de una política industrial que resultasen en crecimiento sostenido. Incluso algunas posiciones académicas heterodoxas y textos que se reivindican explícitamente desarrollistas, definen el desarrollo como generación de divisas, expansión de sectores transables, política industrial para nuevos sectores, etc.

A los fines de este trabajo, proponemos acotar la idea de desarrollo a la mejora de la productividad global de la economía. En particular, al achicamiento de la brecha de productividad intersectorial existente.

Desarrollo no es crecimiento sostenido del PIB. Desarrollo es crecimiento sistémico de la productividad del conjunto de la economía, hasta acercar la productividad de los diferentes sectores a los óptimos correspondientes al estándar tecnológico vigente para cada uno.

La noción de brecha de productividad intersectorial refiere a la coexistencia, dentro de una misma economía, de sectores cuya historia y condiciones particulares de aparición, consolidación, acceso al crédito y a la tecnología, inserción en los mercados locales e internacionales, los ha situado en niveles muy diferentes de capitalización y productividad. La productividad de los sectores rezagados es sistemáticamente inferior a los estándares tecnológicos vigentes.

Esta idea de desarrollo es compatible con casos de desarrollo exitoso de muchos países en el siglo XX. Corea del Sur, Taiwán, Singapur, China no son simples casos de “crecimiento sostenido”: son casos de reducción sistemática y deliberada de la brecha de productividad intersectorial hasta su convergencia con el estándar tecnológico mundial.

Está claro que una economía puede crecer sin desarrollarse. Por supuesto que las políticas populistas generan crecimiento de corto plazo, al precio de postergar la inversión y generar desequilibrios macro. Pero también puede ocurrir en el caso de las políticas más ortodoxas (como a la que aspira de manera manifiesta la administración Milei). En ellas algunos pocos sectores de alta productividad (agro, minería, energía serían casos típicos) pueden motorizar el PIB y compensar que el resto de la estructura productiva, de baja capitalización y tecnología más bien atrasada, entre en crisis y se vaya desmantelando. El PIB sube pero la brecha de productividad intersectorial no se reduce, incluso se amplía.

Vale una anotación metodológica: estamos apuntando a un fenómeno observable aunque difícil de medir con precisión. El indicador más accesible y robusto de un proceso de desarrollo es la inversión bruta interna (IBI) como porcentaje del PIB: Corea sostuvo tasas del 30-40% durante décadas; Taiwán y Singapur similarmente; China llegó al 40-50%. Argentina en sus mejores momentos no superó el 22-23%. La diferencia no es marginal, sino estructural. Pero la productividad sectorial no aparece en las series estadísticas habituales, ni parece fácil medirla con la sistematicidad con que se miden el PIB, el empleo o la inflación. La IBI intersectorial tampoco.

Esta es una limitación real de la propuesta que conviene reconocer. Introducir la brecha de productividad intersectorial como variable central de un modelo es una apuesta teórica que enfrenta obstáculos de contrastación empírica. Sin embargo, confío en mostrar que las razones teóricas son más relevantes que las limitaciones de contrastación empírica, y la agenda de investigación que abre puede valer la pena.

4. Relevancia de una nueva variable

Tratemos de explicitar las ventajas que aparecen al introducir la cuestión de la productividad global e intersectorial de la economía en el modelo.

En primer término, ayuda a explicar “las tensiones distributivas”. Naturalmente, los sectores de alta productividad y los de baja productividad pueden remunerar los diferentes factores de manera dispar. Así, las genuinas aspiraciones subjetivas de los actores involucrados en la discusión sobre la pertinencia de las diferentes políticas, tienen más o menos consistencia con su aporte al producto social. Por supuesto, esto no implica una valoración de su legitimidad intrínseca. Las demandas de un trabajador de un sector menos capitalizado no son menos legítimas que las de un empleado en un sector de altísima productividad.

Incorporar esta variable también explica de manera endógena algunas cuestiones significativas del modelo. Por ejemplo, al discutir la brecha entre el equilibrio interno y el equilibrio externo de las políticas económicas, se observa en el modelo original (Gráfico 1 de GRyDL:2020) como dato una distancia entre el tipo de cambio real de equilibrio macroeconómico y el tipo de cambio real de equilibrio social. ¿Por qué el tipo de cambio real de equilibrio social es más bajo que el de equilibrio macro? Porque naturalmente hay sectores de baja productividad cuyas expectativas de retribución tienen como parámetro no sólo la retribución media, sino incluso tienen a la vista la de los sectores más competitivos.

La brecha de productividad intersectorial no es un detalle técnico, o una hipótesis ad hoc. Parece desempeñar un rol explicativo potente, como el mecanismo generador de las principales patologías macroeconómicas que el debate mainstream trata como problemas separados.

En rigor, el nuevo modelo ubica como síntomas de un mismo problema básico, varios fenómenos muchas veces descriptos como fenómenos independientes:

a) La inflación estructural: la demanda choca con una oferta de baja productividad que no puede responder en cantidad ni calidad sin subir precios. No es un fenómeno monetario sino estructural.

b) La restricción externa crónica: una economía con esa brecha y amplios sectores descapitalizados no puede generar divisas suficientes para sostener el nivel de consumo al que la sociedad aspira, independientemente de la política cambiaria.

c) El conflicto distributivo: la tensión entre aspiraciones sociales y posibilidades productivas reales que GyR describen con precisión pero cuya causa estructural no ponen a jugar dentro del modelo.

d) Informalidad masiva: los sectores de baja productividad no pueden sostener ni empleo formal ni la operación plenamente registrada, porque las cargas tributarias y laborales están calibradas en general sobre la media, sin contemplar esa brecha.

e) Ciclo populismo-ortodoxia: ambas políticas son respuestas a la sintomatología sin atacar el problema básico. El populismo financia artificialmente el funcionamiento de toda la economía, en particular la parte más descapitalizada; la ortodoxia se desentiende del desafío de elevar la productividad media, en particular la descapitalizada. Ambas políticas se desentienden de la brecha de productividad.

Mientras la brecha de productividad intersectorial no entre al modelo, el dilema entre estabilidad macro y armonía social seguirá siendo irresoluble por construcción. No porque el dilema no exista, al contrario: porque el modelo no incluye la variable que lo explica y lo resolvería.

5. La paradoja populista: el modelo de Gerchunoff, Rapetti y De León

El argumento central de GRyDL (2020) es que el populismo latinoamericano enfrenta una paradoja estructural: sus políticas redistributivas generan las condiciones de su propio agotamiento económico. La pregunta que organiza su modelo es: si el populismo siempre termina mal, ¿por qué las políticas populistas siguen ocurriendo?

Su respuesta es que el populismo no es una patología del gobernante sino la respuesta racional (más o menos efectiva) a una tensión sistémica persistente entre dos objetivos: la estabilidad macroeconómica y la armonía social. Esos dos objetivos colisionan porque existe una tensión distributiva estructural, de la cual la política de corto plazo debe hacerse cargo aún al costo de generar desequilibrios macro.

Esa tensión distributiva se ilustra sucintamente en dos gráficos.

El primero hace jugar el equilibrio interno macroeconómico (EI) y el equilibrio externo (EE) del balance de pagos, señalando una distancia entre el tipo de cambio real que permite el equilibrio macroeconómico (QE), y el tipo de cambio real que sostiene el equilibrio social (QS). El populismo cambiario (la depresión artificial del tipo de cambio), intenta hacerse cargo de esa brecha, pero forzando desequilibrios que tarde o temprano pasan la factura.

Se puede sostener teórica y empíricamente que la brecha de tipo de cambio de equilibrio macro y social existe porque la productividad real de la economía no alcanza para sostener el nivel salario real al que la sociedad aspira. Este será uno de nuestros puntos de abordaje.

El segundo gráfico del modelo original procura ilustrar la propensión estructural al desequilibrio de la economía, cuando hay demandas de un mayor salario real y empleo. Las políticas populistas se plantean elevar el nivel de salarios y/o de empleo, generando una pulsión al alza del nivel de precios (con referencia de equilibrio en el nivel de precios PS), una inestabilidad estructural por el movimiento desde E (equilibrio interno compatible con PS) hacia S (expectativa social de salario real, incompatible con PS).

Conviene señalar aquí que un cambio en la productividad influye tanto en PS (un país de baja productividad tiende a ser más caro) cuanto en WS (mayor productividad permite mejores salarios) pero que, en el modelo de GyR, este parámetro es exógeno. Este será otro de nuestros puntos de abordaje.

Considerando las particularidades de la estructura productiva de países como Argentina, parece evidente que el modelo adopta la forma de dilema irresoluble debido a que trata la productividad de la economía como un dato exógeno. Dentro de esa restricción, la tensión entre estabilidad y armonía social no tiene solución: alguno de los dos objetivos sólo puede aplazarse o resignarse. El gobernante elige entre dos males.

El “escape hacia la racionalidad política” que los autores proponen en el tramo final de su argumento es una señal de ese límite: cuando un modelo económico solo puede resolverse apelando a consideraciones políticas externas al propio modelo, la señal es que falta una variable. Ese es precisamente el punto de partida de este trabajo.

6. La variable omitida: la brecha de productividad intersectorial

Gerchunoff, como historiador de la economía argentina, conoce bien el proceso de descapitalización histórica del país, y lo ha descripto de manera brillante. Sin embargo, enfoca ese proceso como un efecto histórico, una consecuencia. Tal vez por eso la descapitalización no forma parte del modelo que estamos tratando. Por supuesto, las herramientas conceptuales de la macroeconomía convencional tratan el nivel de desarrollo como dato exógeno. Por ende, la historia argentina y el modelo original de la paradoja populista están situados en compartimentos separados.

Si uno incorpora como causa de la tensión distributiva estructural la brecha de productividad intersectorial, la dinámica del modelo cambia. Lo que aparecía como un dato en la formulación anterior, ahora es un resultado, un síntoma de un drama más profundo.

Argentina no es un país que nunca tuvo industria. No es simplemente un país pobre. Argentina es un país que encaró un proceso de desarrollo industrial. Gracias a la industrialización sustitutiva (sustitución forzada en gran medida por la crisis del comercio mundial entreguerras), llegó a tener una estructura productiva diversificada y potente, que por otra parte es responsable de muchas de las virtudes clásicas de la sociedad argentina. Este proceso (y no otro) generó movilidad social real y abonó la consolidación de clases medias urbanas animadas y pujantes.

Pero está claro que ese modelo quedó trunco, nunca consolidó una industria integrada y plenamente competitiva, y por el contrario fue acumulando décadas de regresión productiva. Como resultado, hay una diferencia cualitativa entre la Argentina de los años sesenta y setenta, que aún procuraba acercarse a la frontera tecnológica de la época, y la Argentina actual, con bolsones de tecnología obsoleta y bajísima productividad en sectores enteros.

Esta diferencia importa porque la descapitalización no es estática: es un proceso activo y acumulativo. Cada ciclo de política económica que no resuelve el problema de la brecha de productividad lo agrava, porque el resto del mundo sigue capitalizándose, sigue elevando su frontera tecnológica y productiva, mientras Argentina no lo hace. En consecuencia, puede remunerar cada vez menos, vale decir: este proceso de descapitalización está a la raíz de las persistentes tensiones distributivas.

Por otra parte, un corolario frecuente del diagnóstico ortodoxo es que Argentina debe abandonar su proyecto industrialista (trunco, ineficiente) y privilegiar apenas los sectores en los que tiene claras ventajas competitivas: agro, minería y recursos energéticos. Esta afirmación naturaliza el fracaso industrial: convierte un resultado histórico contingente –la desindustrialización– en una especie de condición estructural natural y permanente.

La evidencia histórica es bastante diferente. Hubo una industria argentina competitiva, hubo liderazgo regional, hubo despliegue tecnológico real. Si eso colapsó en muchos sectores, la explicación no puede ser que nunca fue posible, debe buscarse en lo que falló. Y parte de lo que falló fue precisamente que el Estado no proveyó las condiciones de posibilidad del desarrollo: infraestructura, crédito, mercado de capitales, sistema tributario razonable. Por el contrario, fue claudicando, retirándose, fallando en estos aspectos incluso en los períodos “estatistas” o de “Estado presente”, presuntamente “productivistas”. Quiero decir: el populismo tampoco acertó a revertir este proceso.

Ahora bien, una industria pujante, diversificada, asentada sobre los recursos naturales y humanos disponibles y en aptitud de movilizarlos, no es una utopía ni una deformación “estatista” o “socialista”, es por el contrario la condición elemental del desarrollo.

Propongo la noción de brecha de productividad intersectorial para referirme a la coexistencia, dentro de la economía argentina, de sectores con capitalización y productividad muy distintas, siendo la productividad de los sectores rezagados sistemáticamente inferior a los estándares tecnológicos vigentes. Esta idea es tributaria de la idea clásica de subdesarrollo.

Importa señalar que esta brecha no es solo un problema distributivo: tiene consecuencias macroeconómicas sistemáticas. En particular, explica esta “ley de hierro del tipo de cambio” descripta por el modelo de GRyDL, donde el límite está dado por el nivel de productividad real de la economía. El populismo cambiario intenta violar la ley, forzar sus límites artificialmente. La única forma de modificarlo genuinamente es elevando la productividad.

El populismo económico no solo no resuelve el problema de la brecha de productividad intersectorial: lo anaboliza. Le imprime una dinámica artificial a una estructura productiva de baja productividad que en condiciones normales entraría en crisis terminal. Al hacerlo, retranca o directamente impide su transformación. El mecanismo central consiste en motorizar la demanda agregada sin tocar la estructura de oferta, y a ello concurren de manera más o menos sistémica todas las medidas del populismo económico: controles de precios, precios máximos, regulaciones, política monetaria expansiva, estatizaciones de servicios públicos, tarifas reguladas, etc.

La inflación que resulta del populismo no es, como querrían los monetaristas, el resultado de un mero exceso de moneda a causa del déficit del sector público. Es más bien la expresión de una demanda anabolizada que choca contra una productividad global baja, patente sobre todo en los sectores menos capitalizados. La causa no es monetaria sino estructural.

El populismo económico genera un conjunto de incentivos perversos que se retroalimentan:

a) Promoción del consumo y castigo al ahorro: la inflación desincentiva sistemáticamente el ahorro y acelera el consumo.

b) Desincentivo a la acumulación e inversión productiva: controles de precios, regulaciones y retórica anticapitalista (arraigada en la tradición peronista) que generan incertidumbre sobre las condiciones para la inversión real. La inflación desalienta los negocios con plazos de amortización largos, acorta el ciclo de negocios.

c) Florecimiento de modelos de acumulación no reproductivos: especulación inmobiliaria, atesoramiento en divisas, especulación financiera y fuga de capitales se vuelven racionalmente preferibles a la inversión productiva. También el consumo suntuario y otras formas de esterilización de activos.

d) Alta presión tributaria formal que amplía la brecha con la economía informal: la economía registrada soporta una presión tributaria efectiva muy superior al promedio del PIB, mientras la economía informal evade lo que puede y se fuga hacia donde puede.

Todo esto reproduce activamente la estructura de baja productividad en lugar de transformarla.

7. Un modelo alternativo

Lo que sigue son modificaciones del Gráfico 2 del paper de GRyDL. Lo que introducimos es una dinámica de movimiento de PS, esto es, del nivel de precios y salarios correspondiente a una mejora de la productividad por la capitalización de los sectores más postergados de la economía. La productividad global de la economía deja de ser un dato exógeno y se convierte en una variable del modelo.

En todas las trayectorias que pasamos a describir, opera por supuesto la misma “ley de hierro”, el techo que ninguna política puede eludir indefinidamente: dado el nivel de productividad de la economía real, existe un tipo de cambio de equilibrio que se impone tarde o temprano a despecho de las políticas distributivas. Este techo parece adecuadamente descripto por el modelo de GRyDL y define la curva de equilibrio vigente. La diferencia entre las trayectorias no está en si ese techo opera o no, sino en si la política lo respeta, lo perfora artificialmente, o lo eleva genuinamente.

Trayectoria populista: del punto A al punto B

La trayectoria populista parte del equilibrio A sobre la curva WS y se desplaza hacia arriba: sube el salario real y redistribuye genuinamente, esto es, eleva salarios aunque no haya un respaldo de productividad, lo hace a expensas de stocks, inversión, ahorro, o todo esto junto. El populismo expande el empleo en sectores de baja productividad con tecnología vieja o apenas vigente, absorbiendo mano de obra que la demanda motorizada y el crédito al consumo hacen rentable emplear.

Como el punto B está encima de PS, es una posición desequilibrante, inflacionaria. Una “ley de hierro” opera tarde o temprano y la crisis devuelve la economía al punto de partida, o a uno levemente peor (porque el mundo no se quedó quieto alrededor nuestro, siguió invirtiendo, capitalizándose, modernizándose, etc.).

El populismo no destruye capacidad instalada pero tampoco la transforma: deja la estructura productiva cristalizada al penalizar la inversión, y antes que eso el ahorro. La brecha de productividad intersectorial queda sin resolver.

Trayectoria ortodoxa: del punto A al punto C

Para describir la trayectoria ortodoxa hay que prestar atención a dos fenómenos simultáneos que se observan con claridad en los modelos más incisivos, como el de la administración Milei. El punto se desplaza naturalmente hacia la derecha: destruye empleo en los sectores de baja productividad, algo que en países como Argentina, con una fuerte brecha intersectorial de productividad, son muchos y representan gran parte de la economía real. La combinación de apertura comercial y tipo de cambio retrasado genera una pérdida artificial de competitividad para muchísimos sectores, sobre una base ya deteriorada por la descapitalización histórica. La creación de empleo en los sectores de alta productividad en general no compensa esta caída del empleo.

El salario en dólares puede subir artificialmente, no por mejora productiva sino porque el dólar está barato, y esto puede resultar engañoso, pero en la medida en que persiste la inflación en dólares, el salario real medido en términos de poder adquisitivo efectivo no mejora.

El movimiento de A a C no es sustentable, porque la contracción tiene efectos sociales perversos, lo cual a la larga hace que tampoco sea sustentable en lo político. Independientemente de cómo opera la salida del esquema ortodoxo (la experiencia histórica reconoce un fuerte componente político), el retorno desde C no es al punto A original sino a un punto A’ estructuralmente peor: la destrucción de capacidad instalada, capital humano sectorial y encadenamientos productivos es parcialmente irreversible. Aunque haya crecimiento genuino y apreciable en algunos sectores altamente tecnificados, con ventajas comparativas y buena inserción en los mercados internacionales, hay una asimetría temporal y regional entre destrucción y construcción en los diferentes sectores, que el modelo de equilibrio estático no captura.

La aplicación del programa ortodoxo en Argentina en general ha agravado el cuadro porque ha sido poco consistente incluso con sus propias premisas. Un liberalismo genuino implicaría tipo de cambio competitivo, baja presión tributaria efectiva y facilidades para la inversión en infraestructura y bienes públicos que redujeran costos de producción en toda la economía. En las experiencias de la ortodoxia Argentina en general ha habido una combinación diferente:

a) Tipo de cambio retrasado: castiga a los exportadores de manufacturas y subsidia importaciones, destruyendo competitividad en los sectores que más necesitarían un colchón de tiempo para ponerse en forma.

b) Alta presión tributaria sin contrapartida: el Estado cobra impuestos como si proveyera servicios y bienes públicos del primer mundo, pero no construye rutas, no provee energía confiable, no financia investigación aplicada, no ofrece crédito productivo. Es extracción sin reinversión, y resta competitividad internacional.

c) Deterioror de bienes públicos productivos: infraestructura deteriorada, logística cara, energía intermitente, burocracia que consume tiempo y capital. Costos que, en la inmensa mayoría de los sectores, ninguna virtud o cualidad de productividad interna puede compensar completamente.

Los sectores de baja productividad argentinos no son necesariamente inviables por razones intrínsecas, culturales o metafísicas. No es que los argentinos seamos ineptos, tramposos o ventajeros. Muchos sectores se han ido convirtiendo en gran medida en inviables porque subsisten asediados por un Estado que les cobra mucho, no les brinda buenos servicios y les encarece su operación y su acceso a los insumos. Someterlos a un tipo de cambio retrasado, apertura y ajuste público no es destrucción creativa schumpeteriana, es destrucción por negligencia y extracción estatal.

Una trayectoria desarrollista: del punto A al punto D

Lo que sigue es una trayectoria que encara de manera consciente, decidida y agresiva, el problema de la brecha de productividad intersectorial. Por economía conceptual no podemos sino llamarla trayectoria desarrollista. Se trata de una política de promoción nítida de la inversión, esto es, un esquema de incentivos y penalidades que establezca claras oportunidades, condiciones, garantías, y ventajas para la inversión y la capitalización de toda la economía, incluyendo (por no decir sobre todo) a los sectores rezagados.

El comportamiento del modelo no opera respecto de un nivel de precios PS estática, sino que desplaza la curva entera hacia una situación diferente PS₂. El punto D representa un nuevo equilibrio sostenible, compatible con un salario real más alto y preservación o aumento del empleo, gracias a un nivel de productividad genuinamente superior.

La variable instrumental central que permite este movimiento es la inversión, medida como IBI como porcentaje del PIB. Elevarla sostenidamente a niveles altos (en el rango del 30-35%) requiere dos condiciones que la experiencia comparada hace indispensables: una decisión política de las elites de apostar al desarrollo productivo de largo plazo, y una intervención estatal directiva que oriente la inversión hacia los sectores con mayor potencial de mejoramiento de la productividad global por reducción de la brecha intersectorial. Ambas condiciones deben ser concurrentes y más o menos duraderas.

Este desplazamiento actúa simultáneamente sobre la oferta y la demanda: al elevar la productividad, aumenta la creación de valor y riqueza y lo que la economía puede retribuir genuinamente; al activar capital desmovilizado, expande la base productiva sin requerir compresión salarial previa como en los modelos clásicos de ahorro forzoso.

La distinción central respecto de la trayectoria del populismo cambiario es que el progresivo atraso cambiario que naturalmente acompaña el despliegue de una política de desarrollo exitosa es genuino, producto de la mayor competitividad real y la afluencia de inversión, y no artificial. Ambas trayectorias pueden atrasar el tipo de cambio en el mediano plazo: la diferencia estructural es lo que hay detrás, lo que motiva este efecto.

Una política desarrollista coherente incluye además colchones activos de protección del empleo durante la transición: políticas de reconversión productiva, formalización del empleo informal, incentivos a sectores que preserven o creen empleo mientras se capitaliza la economía. En una economía que se propone diversificada, no hay razones para que la elevación de la productividad destruya empleo si está definida por políticas adecuadas de modernización con incentivos concretos al empleo registrado.

¿Qué cambia en las trayectorias?

En el modelo WS-PS estándar, el sistema tiende a leerse como salarios versus ganancias, empleo versus inflación, o equilibrio versus conflicto. Al introducir productividad como variable endógena del desarrollo, el problema cambia. De cómo repartir un excedente fijo, pasamos a la cuestión de cómo expandir la frontera de compatibilidad entre salario, empleo y rentabilidad.

El populismo intenta mover la economía a lo largo de una frontera distributiva (WS-PS) dada, más o menos estática. El desarrollo, en cambio, procura desplazar la frontera distributiva misma. La productividad entonces no es una variable técnica; es el tema político por excelencia de la política económica. Porque el techo de productividad determina cuánto conflicto distributivo puede absorber una sociedad sin entrar en crisis.

Sólo las economías muy productivas pueden sostener salarios altos, estados solventes, consumo masivo y relativa estabilidad política. No porque “administren mejor”, sino porque la frontera productiva es más amplia. La salida a la paradoja populista es el desarrollo.

8. Objeciones al modelo propuesto

¿Es una política de desarrollo una tercera alternativa concreta, viable, al populismo y a la ortodoxia?

Una primera objeción posible es que una política de desarrollo requiere horizontes temporales largos de maduración, mientras que la tensión distributiva es presente e inmediata, como también lo son los desequilibrios macro, los problemas que populistas y ortodoxos vienen a resolver. El gobernante enfrenta el dilema hoy, no en el largo plazo en el cual el desarrollo sería la panacea que todo lo resuelve.

Esta objeción es válida en general, pero parte de la base que la capitalización debe generarse desde cero. Vale preguntarse qué pasa cuando hay grandes reservas de capital privado acumulado pero desmovilizado. En Argentina, la existencia de un stock significativo de capital privado subregistrado, fuera del sistema o radicado en el exterior (demostrada empíricamente por cada proceso de “blanqueo” en los últimos lustros) implica que parte de la capitalización no requiere espera, sino condiciones propicias. Por ejemplo, un blanqueo orientado no a la recaudación o la formalización de cuentas, sino genuinamente a la inversión productiva, en el marco de una política agresiva de promoción de la inversión en la economía real, podría activar esas reservas y orientarlas con relativa rapidez a la capitalización y las mejoras de productividad.

Adicionalmente, la alta informalidad de la economía argentina implica que existen también reservas de capacidad productiva subregistrada que pueden activarse ante señales de política adecuadas, acortando significativamente el horizonte de maduración respecto de lo que los modelos estándar suponen.

Una segunda objeción posible es que la acumulación inicial de capital requiere transferir ingreso desde el consumo hacia la inversión, lo cual implica comprimir salarios en la fase temprana.

Esta lógica es válida cuando el capital escasea y solo puede generarse acumulación por ahorro interno. Pero de nuevo, no parece ser el caso si el capital no escasea sino que está desmovilizado. El diagnóstico correcto para Argentina no es escasez de capital sino desmovilización del capital. Son dos problemas que implican abordajes radicalmente distintos. El primero justificaría una compresión distributiva inicial. El segundo no.

Una tercera objeción –derivada del modelo de GRyDL– es que es el populismo lo que impide el desarrollo, porque destruye las condiciones de acumulación antes de que maduren.

Esta objeción en general válida (en la medida en que la trayectoria de la IBI durante las experiencias populistas lo verifica) puede estar confundiendo causa y efecto en un juego circular. El populismo es una respuesta (una mala respuesta, pero respuesta comprensible) a la tensión distributiva que genera la baja productividad global de la economía. Pero esta baja productividad global tiene una historia que trasciende al populismo y surge de la trayectoria particular de desarrollo inorgánico, desbalanceado, de la economía argentina, y la falta de claridad de las elites en el abordaje de la brecha de productividad de los diferentes sectores. Por supuesto que el desarrollo no es espontáneo, y la política económica debe proponer las condiciones para la capitalización, y velar por ellas.

Una cuarta objeción, habitual en el discurso ortodoxo, es que la destrucción de los sectores de baja productividad es parte del proceso normal de evolución capitalista: destrucción creativa schumpeteriana que libera recursos en áreas obsoletas hacia usos más eficientes y modernos.

Este argumento es moralmente cuestionable cuando se lo lleva al extremo. Si hay demasiada destrucción, es una claudicación política. Pero también es históricamente irresponsable aplicado al caso argentino. Supone que no hay valor ni mérito en amplísimos sectores productivos, y que puede destruirse graciosamente una economía diversificada –que en su momento sostuvo una de las sociedades de clases medias más pujantes de América Latina– para reconstruir la viabilidad macro equilibrada sólo sobre unos pocos sectores exportadores de alta productividad.

En el modelo ortodoxo extremo, el cociente productividad global puede mejorar, pero el numerador y el denominador bajan juntos. Una economía que resuelve su problema de productividad eliminando los sectores menos competitivos, quebrando y desintegrando el tejido productivo, no se desarrolla; se contrae.

Una quinta objeción, de orden metodológico, es que la brecha de productividad intersectorial no es una variable suficientemente operacionalizable como para fundar un modelo empíricamente contrastable.

La objeción es crucial y conviene reconocerlo. Sin embargo, y apenas como primer aproximación teórica, la IBI como porcentaje del PIB es medible, las series comparadas entre Argentina y los casos asiáticos son contundentes, y la diferencia en términos de resultado es de una magnitud que no admite interpretaciones alternativas. Que la variable que proponemos no esté en las series estadísticas habituales no parece un argumento contra su relevancia sino una señal de que las categorías de medición disponibles reflejan los marcos teóricos dominantes. Construir la agenda de investigación empírica que esta propuesta requiere es precisamente uno de los trabajos que este paper abre.

9. Conclusión

El dilema definido por GRyDL es real dentro de sus supuestos, pero no es universal. Es el producto de una elección de nivel analítico que trata la productividad como dato exógeno. Cuando esa variable se endogeneiza, es decir, cuando el desarrollo entra al menú de opciones del gobernante, el dilema se transforma en un problema con solución.

Desde que en 1962 se interrumpe el gobierno desarrollista de Frondizi –el único que se propuso de manera manifiesta en el siglo XX alterar nítidamente los esquemas de incentivos y penalidades de la política económica a favor de la inversión productiva–, la economía argentina oscila entre dos modelos simétricamente incapaces de resolver la causa estructural del conflicto distributivo: el populismo que motoriza la demanda sin capitalizar, y la ortodoxia que comprime o destruye amplios sectores, para capitalizar sólo en unos pocos. Ambos modelos dejan intacta o agravan la brecha de productividad intersectorial. Esa es su simetría profunda, más allá de sus diferencias manifiestas.

La distinción conceptual entre crecer y desarrollarse tiene consecuencias concretas para el modelo propuesto. Una economía puede registrar tasas positivas de crecimiento del PIB durante años mientras su brecha de productividad intersectorial se mantiene o se amplía. En ese caso, el problema básico persiste y la sintomatología –inflación estructural, restricción externa, conflicto distributivo, informalidad, ciclo populismo-ortodoxia– reaparece con cada ciclo.

La política de desarrollo no es un tercer objetivo en tensión con la estabilidad macroeconómica y la armonía social: es la condición que puede disolver esa tensión. Una economía que eleva genuinamente su productividad puede pagar salarios reales más altos sin desequilibrio externo, puede sostener el empleo sin inflación estructural, puede bajar (y naturalmente va bajando) el tipo de cambio de equilibrio sin populismo cambiario.

Lo que llamamos populismo económico en sentido típicio –atraso cambiario artificial, expansión monetaria sin respaldo productivo– es distinguible de una política de desarrollo genuina, aunque ambas puedan atrasar el tipo de cambio en el corto plazo. La distinción importa: no para rehabilitar el populismo sino para no confundir con él las únicas políticas capaces de resolver estructuralmente lo que el populismo solo aplaza.

Rogelio Frigerio describió una “historia crítica de la economía argentina” poniendo énfasis en la brecha de productividad intersectorial como categoría central, a la que denominó, a tono con la época, subdesarrollo. La historia de frustraciones posterior a 1962, año de la caída de Frondizi, y el desencuentro permanente de las elites gobernantes con una política de desarrollo y capitalización, definen la tarea teórica y política pendiente.