El Acuerdo UE-Mercosur y la industria nacional: competitividad forzada o desindustrialización

Entre la oportunidad de inversión y el riesgo de primarización: claves del pacto que define la inserción global del bloque para la próxima década.

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Tras 25 años de idas y vueltas, el 9 de enero de 2026 marcó un quiebre: la Unión Europea dio luz verde política al acuerdo con el MERCOSUR. El cambio de postura de Italia fue la pieza que destrabó el tablero. Mientras Francia sigue resistiendo (presionada por su fuerte lobby agrícola), el gobierno de Giorgia Meloni logró concesiones clave de la Comisión Europea: medidas para abaratar la importación de fertilizantes y la reducción de aranceles a la urea y el amoníaco para calmar a sus propios productores.

Con este obstáculo removido, la firma está programada para el 17 de enero en Asunción, Paraguay.   Y es que en gran medida al firma responda a una necesidad europea: asegurar suministros de energía y alimentos fuera de la esfera de influencia de China y Rusia. Argentina tiene el litio, el gas (Vaca Muerta) y los granos que Europa necesita para su transición verde. El desarrollismo debe plantear esto como una moneda de cambio: «Energía y alimentos por tecnología e inversión industrial», no solo por divisas sino por inversiones para nuestras industrias: ser parte de la cadena de valor, no exportar comodities a cambio de tecnología que es precisamente la sentencia del subdesarrollo.

En relación al consenso final de los países del Mercosur para avanzar con el tratado, se puede decir que no respondió a una afinidad ideológica —que es prácticamente nula entre mandatarios como Milei y Lula— sino a una convergencia de necesidades pragmáticas ante el agotamiento del modelo de «bloque fortaleza». Tras décadas de estancamiento y un arancel externo común que nos mantenía como una de las regiones más cerradas del mundo, los socios entendieron que el aislamiento ya no era protección, sino atraso. Para el Mercosur, la ventaja principal es el «anclaje de reformas»: el acuerdo obliga a las economías locales a modernizar sus marcos regulatorios y sanitarios, funcionando como un sello de calidad que busca atraer Inversión Extranjera Directa (IED) en un momento donde el capital huye de la incertidumbre global.

Ambos bloques ven en este pacto un contrapeso necesario frente a la creciente hegemonía de China y el proteccionismo de los Estados Unidos.

En cuanto a la postura particular de Lula da Silva, su aprobación es quizás el giro más significativo desde la óptica desarrollista. Aunque Brasil es la potencia industrial del bloque, Lula comprendió que la industria brasileña no puede sobrevivir solo con el consumo interno o el comercio regional. Su visión mutó de un «industrialismo defensivo» (basado en aranceles altos) a un «industrialismo verde y competitivo»: Brasil busca posicionarse como el proveedor estratégico de energía limpia y manufacturas sostenibles para Europa. Apuestan a que en 15 años puedan reequipar sus fábricas con tecnología europea, convirtiendo al Mercosur no en un mercado de destino, sino en una plataforma de exportación global. Esa es precisamente una visión desarrollista.

Argentina tiene ese mismo desafío y por eso  este no es un tratado más sino que marcara su rumbo a lo largo de este siglo. Desde una perspectiva desarrollista, el acuerdo se sitúa en una zona gris: no es la «tragedia» que vaticinan los proteccionistas extremos, ni el «festejo» de apertura ingenua que proclaman los liberales. Lo importante es lo que hagamos a partir de él: pragmáticamente puede ser una hoja de ruta para la competitividad industrial (dando plazos para hacerlo) que no supimos darnos a nosotros mismos, o el padecimiento de muchos sectores industriales sino están a la altura del desafío.  Y por supuesto que, como bien entiende Brasil, el Estado, en todos sus niveles, es el actor clave para propiciar esa estrategia.


Los Tres Pilares: Más que un tratado comercial

El acuerdo no se trata simplemente de promover el comercio bajando aranceles de los productos que cada región cuenta con mayores ventajas competitivas, sino que es mucho más profundo y tratándose de una «asociación estratégica» sostenida en:

  • Diálogo Político: Establece un marco de valores comunes (democracia, derechos humanos, paz). En el contexto actual, busca consolidar al Mercosur como un «socio confiable» y cercano en un mundo fragmentado entre EE. UU. y China. Consecuentemente los vínculos culturales y políticos han de afianzarse.

  • Cooperación: Especialmente atraves de financiamiento y asistencia técnica en ciencia, educación y medio ambiente. Aquí el eje es la cláusula esencial del Acuerdo de París: el pacto puede suspenderse si hay incumplimientos ambientales graves (un mensaje directo para la agenda de deforestación del Amazonas especialmente).

  • Comercio: El corazón económico. Busca crear un mercado de 720 millones de consumidores, eliminando el 91% de los aranceles que hoy aplica el Mercosur y el 92% de los que aplica la UE.


El Pilar Comercial: Radiografía sectorial, tiempos y aranceles

El impacto del acuerdo es asimétrico y se divide en tiempos diferenciados para permitir una «adaptación» que, desde el desarrollismo, consideramos el periodo de gracia más crítico de nuestra historia industrial.

1. El Sector Agroindustrial: La Gran Apertura
  • El Beneficio: La UE eliminará aranceles para el 99% de las exportaciones agrícolas del Mercosur siendo este el gran beneficiado. En ese sentido  ofrece a Argentina importantes oportunidades, especialmente para su sector ganadero, al permitir un mayor acceso al mercado europeo con tarifas más bajas y cuotas preferenciales. Un aspecto clave de este acuerdo es la expansión de la Cuota Hilton, que incrementará las exportaciones de carne vacuna de alta calidad a Europa.

  • Acceso Inmediato: Harina y porotos de soja, maní, frutas frescas, frutos secos, legumbres y productos de la pesca (merluza, calamar) entrarán con arancel 0% desde el día uno.

  • Desgravación Gradual (4 a 10 años): Aceites vegetales refinados, cítricos, biodiesel, vinos fraccionados y golosinas.

  • Cuotas y Sensibles: Para proteger al productor europeo, productos como la carne bovina (cupo de 99.000 tn), carne aviar, azúcar, arroz y miel tendrán cuotas con aranceles bajos, pero no libre mercado total.

  • La Contra: El riesgo de la «primarización». Si la Argentina no utiliza este acceso para exportar alimentos procesados (marcas, packaging, certificaciones orgánicas), el beneficio quedará capturado por los exportadores de materias primas (commodities), sin generar empleo industrial.
  • Los grandes perjudicados: Para los paises con sector agrícola relevante de Europa como Francia Irlanda o Polonia es el punto más crítico del acuerdo porque claramente no están en condiciones de competir con los productos del MERCOSUR, corriendo el riesgo de desaparecer con el impacto del desempleo directo en sus zonas rurales. La resistencia casi impide la firma y seguramente buscaran promover medidas e instancias futuras para mitigar ese impacto 

El Sector Industrial: El Desafío de la competitividad

Aquí es donde el Mercosur es más débil en competitividad y al ceder en la protección arancelaria, alta, que tiene actualmente se expone a sus sectores industriales. La oportunidad es que es progresivo en plazos de transición de 10 a 15 años. Depende de nosotros.

  • Automotriz: Es el sector más sensible. El arancel actual del 35% bajará a 0% en un plazo de 15 años. Habrá un periodo de gracia de 7 años donde el arancel bajará solo al 20%, con cuotas de importación para autos europeos.

  • Maquinaria y Bienes de Equipo: Eliminación gradual de aranceles (hoy entre 14% y 20%).

  • Químicos y Farma: La UE ganará acceso a un mercado protegido, lo que podría bajar costos de insumos para otras industrias locales, pero pone en riesgo a los laboratorios nacionales de genéricos.

  • Textil y Calzado: Desgravación a 10-12 años. Es el sector con mayor riesgo de desplazamiento por la alta productividad y diseño europeo.

 Servicios y Compras Públicas
  • Beneficio: Apertura en servicios financieros, telecomunicaciones y transporte marítimo.

  • Compras Públicas: Por primera vez, las empresas europeas podrán licitar en obras públicas del Mercosur en igualdad de condiciones (y viceversa). Esto es una oportunidad para atraer infraestructura, pero un desafío enorme para las PyMEs constructoras locales.


El riesgo de una mayor primarización

El gran riesgo es que el acuerdo cristalice esa perniciosa, idea de que los argentinos debemos ser «el granero del mundo» de la UE a cambio de importar sus bienes industriales. Esto sirvió en su momento (hace más de 100 años con un país con 8 millones de habitantes)y por no pasar a la fase de industrialización termino fracasando. Ese modelo puede servir hoy para Uruguay o Paraguay, pero creer que es un gran negocio exportar más vacas e importar más Audis es la dimensión cultural del problema del subdesarrollo argentino.  Por supuesto que hay que vender más vacas, pero hay que producir y exportar toda la tecnología y manufactura que podamos. El acuerdo nos beneficia hoy para lo primero porque ya somos competitivos, y nos da la oportunidad, el desafío, de ir también por lo segundo en los rubros prioritarios que determinemos. No sera facil pues la estructura de aranceles escalonados de la UE sigue penalizando (aunque menos) el valor agregado. Si no hay una política industrial activa, el país podría perder su capacidad de fabricar bienes complejos. La oportunidad es que el sector se ve ahora obligado a invertir (incluso de esas mismas inversiones de UE) en su competitividad sistémica frente a este panorama. Para eso sí o sí necesita del Estado para lograr ese objetivo, promoviendo bienes públicos sectoriales y reduciendo el gravoso «costo argentino».

Inversión vs. Desindustrialización

Desde el enfoque desarrollista, el acuerdo es una señal de inversión. Al unificar reglas sanitarias, fitosanitarias y de propiedad intelectual con estándares europeos, la Argentina se vuelve un destino más seguro para el capital.

  • La oportunidad: Que las automotrices o químicas europeas no solo vendan aquí, sino que instalen sus plataformas de exportación para toda América aprovechando los costos de energía y el talento local.

  • La contra: La «competencia desigual». Sin reformas tributarias y logísticas internas (el famoso «costo argentino»), nuestras empresas no compiten con la tecnología europea, sino contra sus propios sobrecostos estatales.

Corolario

El acuerdo UE-Mercosur no es el fin del camino, sino el comienzo de un reloj de arena para que definamos nuestro modelo productivo, en especial el rol de nuestra industria. Tenemos 10 a 15 años para que la industria argentina alcance estándares de productividad global.

Es por lo tanto una herramienta, no un destino. Si el Estado no acompaña con una revolución en infraestructura y una baja de la presión impositiva sobre la producción, el 17 de enero de 2026 será recordado como el inicio de una mayor dependencia. La idea de ser proveedor de energía barata y materias primas (¡no alimentos elaborados!: eso es ya desarrollo industrial y recordemos siempre que hoy mayormente exportamos granos para animales) es limitada, insuficiente y peligrosa.  Si, por el contrario, se utiliza para integrar nuestras PyMEs a las cadenas de valor europeas, estaremos ante el salto cualitativo que el país espera desde mediados del siglo pasado. El desafío es claro: integrarnos para desarrollarnos, no integrarnos para desaparecer.