¿Hacia dónde caminan las democracias de occidente?
Estamos frente a una crisis del rol histórico de los estados occidentales, en virtud de que un importante sector de la sociedad apoya el abandono o la transformación del eje de su sistema que es el Estado de Bienestar y los derechos de segunda generación que se desprenden del mismo.
Esta crisis se ha manifestado en muchas ocasiones en los procesos electorales triunfando en algunas ocasiones, creciendo en su peso político en otras. No es un fenómeno local, atraviesa con mayor o menor profundidad a todas las democracias occidentales.
No se trata de una necesidad de fortalecer el contrato social de los estados occidentales, sino que un importante sector de la sociedad plantea una redefinición de las prioridades de sus cláusulas.
En el eje del cuestionamiento está ese modelo socioeconómico donde se estructura la base del Estado de Bienestar, en donde el Estado organiza el acceso de los ciudadanos a servicios básicos buscando a su vez corregir desequilibrios socioeconómicos y promoviendo la igualdad de oportunidades. Quienes no logran ver la real dimensión del fenómeno creen que este concepto sigue firme en el conjunto de las sociedades occidentales, pero día tras día, una visión distinta del rol del Estado se fortalece por diferentes motivos que no parecen comprender.
Desde el alto costo de los servicios comunes a todos los ciudadanos que deriva casualmente en una percepción de alta presión fiscal; la eficacia propia de dichos servicios, desde el costo a sus destinatarios; la crítica al carácter sistémico de las prestaciones y su contrapartida de limitarlas a casos extremos, perdiendo terreno la equidad frente a la beneficencia; y tantos otros cuestionamientos a un sistema que ha permitido con aciertos y errores consolidar durante un largo tiempo las democracias occidentales en base a un concepto de lo común por sobre lo individual.
Parece que el bienestar social ha dejado de depender de la búsqueda simultánea del bienestar común y colectivo y en cierto sector de la sociedad se percibe como más realista que la suma de los comportamientos individuales y egoístas de las personas redunde en un beneficio o bienestar general. Perdiendo terreno en el pensamiento de las democracias occidentales John Nash frente a Adam Smith.
Son múltiples los análisis que han tratado de explicar este fenómeno.
Algunos desestimando la economía nos dicen es la moral la que explica muchos fenómenos en occidente, percibiendo a las ineficiencias de las políticas derivadas del Estado de Bienestar como el motor que impulsa el deterioro moral del sistema.
Observando a su vez que el deterioro en la calidad de vida lejos de generar procesos de resistencia colectiva pasa a transformarse en una búsqueda de salidas individuales o previas al Estado de Bienestar.
Ello debido a que las sociedades no son agentes pasivos, resignifican y reinterpretan los discursos según sus propias realidades, triunfando la fantasía de lo individual por sobre la realidad de lo colectivo, nublando la visualización de los intereses compartidos.
Erróneamente, como si fuera un fenómeno pasajero más vinculado al concepto de crisis que de transformación algunos asocian a una ruptura entre la sociedad y la política.
Pero el voto en democracia siempre ha representado un fenómeno sociológico complejo que resulta imposible de explicar por análisis diluidos en sesgos.
La ruptura está entre un sector de las sociedades occidentales y las plataformas nacidas y desarrolladas en el siglo XX por diferentes sectores políticos y el rol que las mismas le otorgan al Estado. Lo que no solo, no es una ruptura con la política sino que dió nacimiento a nuevos espacios políticos que forman parte de un movimiento que traspasa las fronteras abarcando gran parte del mundo occidental.
Por ello cuando hablamos de ineficiencia de un sistema como el Estado de Bienestar manifestado en un sector de la clase dirigente, vemos que determinado sector social lo identifica con la falta de legitimidad, haciendo migrar el pensamiento social hacia figuras o esquemas de gobierno que proponen la transformación radical del sistema.
De esta manera la frustración de las expectativas sociales comunes ha vuelto cuestionable la representatividad de la organización actual del Estado en occidente.
Es una crisis seguramente no querida pero inevitable, se percibe al Estado como ineficiente para dar respuestas al descontento social, presentándose como respuesta a esta realidad una rebeldía frente al rol social que hasta ahora cumple el Estado en las democracias occidentales.
Otros plantean como determinante del deterioro del sistema a la corrupción. Pero si algo a quedado claro en estos tiempos es que la corrupción es un fenómeno transversal a la política que solo es percibido respecto del ideológicamente contrario. En las diferentes elecciones a lo largo y ancho del planeta se ha demostrado que no parece ser un ítem que condicione o afecte los desempeños electorales.
Quienes plantean la necesidad de la transformación de algo están convencidos, el Estado no va a desaparecer, “tiene que ser eficiente”, de manera de “no ser una carga insoportablemente gravosa para los contribuyentes que deben financiarla”. Ahora, todo suena racional, pero el gran problema es qué entendemos o qué entienden por eficiente? Es uno de las grandes contradicciones de esta discusión, es entendible que reclamen eficiencia aquellos ciudadanos que conviven con un Estado ineficiente, pero los que viven en las democracias del desarrollo, qué pueden alegar contra el nivel de eficiencia? Por ello debemos preguntarnos; en qué coinciden ambas manifestaciones del mismo fenómeno? La respuesta es clara, al final no se trata de la ineficiencia o eficiencia de un gobierno, de una política pública ni del Estado en sí, sino que el eje del cuestionamiento es a quien beneficia esa ineficiencia o quien es el destinatario de esa eficiencia, es un cuestionamiento a lo colectivo desde lo individual.
Por lo que cada pregunta se conjuga con una respuesta: Crisis de representatividad? Ya encontraron quien representa sus ideas; Corrupción? Solo en el ojo ajeno; Falta de eficiencia? Nunca se puede lograr la eficiencia cuando los fines son percibidos como ineficientes.
Porqué la crisis del estado de bienestar afecta a las democracias occidentales
Democracias que creíamos consolidadas han sufrido fuertes embates por impulsos de esta transformación. Si el vínculo simbiótico entre la democracia como sistema de gobierno de occidente y los fines del Estado de Bienestar se resquebraja el sistema que ha definido la vida de occidente de los últimos 200 años se ve debilitado luego de un largo proceso evolutivo.
La paz social es un derivado del Estado de Bienestar y es una de las razones por lo cual la crisis del mismo y sus cuestionamientos terminan siendo propios de la democracia occidental.
Pero otra razón más condicionante del sistema democrático es que un gran sector de las sociedades occidentales reclama una transformación garantizada sin cuestionar el tipo de régimen que la lleve adelante, democrático o no.
Pero hay un modelo que aún resiste, y parte de la búsqueda de un camino para hacer frente a esta realidad tan compleja es visualizarlo y ver en que basan su fortalezas.
Este modelo de Estado de Bienestar consolidado son los países nórdicos. Tienen una característica en común: instituciones sólidas en los social como en lo político. Para lograrlo cuentan con una herramienta fundamental: la educación, que les ha dado un desarrollo humano que permite que la sociedad conscientemente perciba al destino común como un inevitable de la vida de sus naciones.
Si las clases sociales logran reconocer que su destino está interconectado ya no se luchará por discontinuar las políticas derivadas del Estado de Bienestar, sino que se buscará hacerlas realmente eficientes.

