Un programa de desarrollo integrador para Argentina en 2026

El punto de partida de este programa es el reconocimiento de una realidad ineludible: la Argentina atraviesa una crisis de descapitalización profunda que no se agota en el desorden macroeconómico, sino que hunde sus raíces en un rezago sistémico de la productividad

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Un modelo de desarrollo apuesta a sostener, modernizar e integrar una economía real diversificada y competitiva, en la que varios sectores se apalanquen unos a otros.  Una expansión basada en la capitalización general y una mayor productividad permite un crecimiento más equilibrado, al tiempo que el país no pierde el tren de la competitividad en un mundo más agresivo que nunca
Un modelo de desarrollo apuesta a sostener, modernizar e integrar una economía real diversificada y competitiva, en la que varios sectores se apalanquen unos a otros.  Una expansión basada en la capitalización general y una mayor productividad permite un crecimiento más equilibrado, al tiempo que el país no pierde el tren de la competitividad en un mundo más agresivo que nunca
Introducción

Frente a una crisis de productividad estructural y un contexto global transformado por el salto tecnológico de Asia y la economía de plataformas, Argentina requiere superar el histórico «péndulo» entre el consumo sin inversión y el ajuste contractivo. Este plan propone un modelo de expansión basado en la capitalización real, que utiliza los recursos naturales y el capital humano como motores de una economía diversificada. A través de un «puente de reconversión» para las PyMEs y un set de incentivos a la inversión, se busca integrar al país en la carrera mundial por la productividad, rechazando tanto el proteccionismo prebendario como la apertura ingenua que desmantela el tejido social y productivo.


1.Punto de partida constructivo

El diseño de la política económica tiene que partir de asumir la crisis argentina sin beneficio de inventario, interpretar el contexto internacional y la dinámica del capitalismo en esta época, identificar las fortalezas y las oportunidades del país, y proponerse una genuina mirada de conjunto, inclusiva, que pueda convocar, integrar y comprometer a todos los argentinos.  Hay que dejar de lado el provincialismo de pensar y discutir nuestras reivindicaciones cruzadas, mirándonos el ombligo, porque el mundo a nuestro alrededor está cambiando a toda velocidad.  Hay que terminar con el sectarismo, las posiciones revanchistas, los ajustes de cuentas y la búsqueda de enemigos internos, porque el desafío del crecimiento nos interpela a todos.

2.Ganadores y rezagados en la carrera mundial por la productividad.

El dato central del contexto mundial de nuestra época es el avasallante salto en la productividad de la economía real de Asia.  Las altísimas tasas de inversión bruta de las últimas décadas han rendido sus frutos.  La producción manufacturera de Asia, en particular de China, ha alcanzado niveles de calidad y productividad y una dinámica de innovación que dejó literalmente atrás a Estados Unidos y Europa.  Los productos asiáticos no sólo compiten en precio, también en calidad, diseño y marca. Esta novedad de la economía de Oriente tiene una importancia central y está a la base de las tensiones geopolíticas, porque las relaciones económicas y comerciales entre Asia y Occidente atraviesan un punto de no retorno, frente al cual las viejas potencias no tienen claro qué hacer.

Al mismo tiempo que avanza la altísima productividad asiática, el desarrollo de economía en la nube altera la lógica de funcionamiento de los mercados tradicionales.  El impacto de los algoritmos en la formación de los precios y las condiciones de las relaciones contractuales (quién compra qué cosas a quién, cómo se ofrecen y cómo se demandan los productos, y cómo aparecen y se satisfacen las necesidades de los consumidores) trastoca lo que entendemos históricamente por mercado libre y desregulado.  Los mercados en la nube no son libres ni transparentes.

3.Cuidar la economía real

En este contexto, todos los países establecen mecanismos heterodoxos de protección y cuidado de su economía real: la producción y el empleo local.  La política arancelaria de Trump es censurada por escandalosa, pero constituye una reacción (unilateral y aparentemente espasmódica) en este sentido.  La presión comercial asiática es avasallante, y frente a ella, cuando algunos sectores pierden posiciones, el interés nacional dicta a todos los países cuidar sus actividades locales y ofrecerles puentes, mecanismos que les permitan encarar una reconversión y ponerse en carrera por la productividad y la competitividad, sabiendo que corren de atrás.

Del mismo modo, la actividad económica real está sometida a las nuevas reglas comerciales de la nube, que afectan desde la logística y la distribución hasta el acceso a los mercados puntuales para los bienes clásicos.  Inclusive el mercado de trabajo comienza a ser influido por las relaciones entre nodos a través de un algoritmo en la nube.  Estos nuevos cuasi-mercados, ni libres ni transparentes, no pueden ser tratados con ingenuidad ni dogmas liberales.

4.Una crisis de productividad por falta de inversión

Nuestra historia económica reciente nos pone en una situación particularmente difícil.  Porque por debajo de nuestros problemas macroeconómicos, nuestro desorden fiscal y nuestra obsesión por la inflación, el drama argentino es la descapitalización general y el rezago de la productividad del conjunto de la economía.

La crisis sistémica de los últimos 50 años se cifra en que los programas populistas alimentaron el consumo sin atender la inversión (agrandaron el gasto público y provocaron deficit y tensiones inflacionarias), mientras que los programas alternativos de libre mercado, a la búsqueda de una esquiva y costosa estabilidad, impulsaron el ajuste del gasto, la apertura importadora, y castigaron a los sectores menos competitivos expuestos a la competencia subsidiada con tipos de cambio retrasados.  Este péndulo, acompañado por una siempre alta presión tributaria (y un alto costo del crédito, dedicado siempre a financiar al Estado), desintegró los circuitos de inversión en la economía real.

5.El péndulo y la destrucción de las reglas de juego

Las experiencias populistas, además de incentivar el consumo y abonar intrincados mecanismos de distribución del ingreso, por el lado de la oferta procuraron construir esquemas de rentabilidad sectoriales protegidos, sin incentivar la capitalización genuina, y por eso terminaron provocando un estancamiento de la productividad.  Esto ocurrió en toda la economía, desde la energía subsidiada hasta las industrias y ensambladurías protegidas, pasando por la regulación de un sinfín de actividades y la intervención de todos los mercados.  Eso pudo cuidar en alguna medida el empleo, pero de manera artificial, al costo de perder la carrera por la productividad y la competitividad.  Es decir, agravando a la vez el problema de fondo.

Las experiencias pro mercado, al sincerar muchos de estos artificios, al abrir la economía y desregular las actividades, expusieron esa economía real no competitiva a la sofisticada y agresiva competencia de la producción asiática.  Así, desintegraron la rentabilidad de muchísimas actividades, sin darles a la mayoría de ellas la menor oportunidad de invertir y reconvertirse.  Los teóricos del liberalismo llaman a esto “destrucción creativa”, esto es, el desmantelamiento de los sectores menos competitivos, lo cual, en un mundo ideal, liberaría recursos para actividades más genuinas, creadoras de riqueza.  Pero en la realidad es mucho más lo que se destruye que lo que se crea, con un alto costo social inmediato (por la destrucción de empleo) y también con consecuencias económicas contractivas, porque la caída del ingreso y el consumo también desalientan la actividad y la inversión, que se postergan.

6. Ni empresarios prebendarios y ni planeros vagos

Es un hecho que la lucha política contemporánea se ordena alrededor de la radicalización de los discursos agresivos y la demonización del otro.  Así, ahora suelen atribuirse los males del país a diversos fenómenos “culturales”, como la viveza del argentino, la vocación de empresarios prebendarios por perpetuar posiciones ventajosas en mercados regulados, o la inveterada vagancia de las clases populares que pretenden vivir de planes sociales, sin trabajar.  La verdad es que siempre y en cada caso los comportamientos individuales están determinados por los incentivos y penalidades del contexto y las normas.  Por eso, las políticas públicas tienen que alejarse de las etiquetas y el enjuiciamiento de una presunta perversión moral de los actores sociales, y aplicarse en cambio al establecimiento de un set de incentivos y penalidades que ordene los comportamientos en una dirección constructiva.  La responsabilidad es pura y exclusivamente de la dirigencia, y en particular del gobierno, el Poder Ejecutivo y el Congreso Nacional.

7. Un modelo contractivo

 El modelo vigente privilegia el ajuste de toda la economía, el ordenamiento de las cuentas públicas, la reducción del gasto, la apertura comercial, la desregulación y la estabilización monetaria, como plataformas para la articulación de los sectores más competitivos al mercado mundial.  Estos sectores –energía, agro, minería– son hoy los más dinámicos y tienen aptitud de concentrar la inversión.  Esto empujará algunos otros sectores asociados, que les brinden insumos y servicios.

El esquema propuesto puede consolidarse efectivamente, sobre la base de (a) un ajuste público y privado que ha logrado reducir drásticamente el déficit de cuenta corriente y la vulnerabilidad externa, y (b) un mercado internacional que promete una demanda sólida de los commodities que Argentina está en posición inmejorable de proveer: agro, energía y minería.

La dificultad del modelo deriva del desbalance entre la destrucción y la creación.  En perspectiva, los bienes que antes ofrecía el diversificado tejido industrial argentino desmantelado, los reemplaza la importación.  Esto puede abaratar algunos sectores, peo genera también desocupación, caída del ingreso, caída del consumo y estancamiento.  Por eso es un modelo contractivo.  (Muchas actividades que no tienen nada que ver con supuestas prebendas proteccionistas están en crisis o cerrando por caída de ventas y aumento de costos).

El ajuste del sector público, por su parte, tiene otras consecuencias como la baja inversión en obras públicas y la consecuente crisis en la infraestructura de transporte y servicios públicos.  Hay pocos incentivos para que la aparición de algunas nuevas actividades muy modernas y rentables compense la contracción resultante de la política manifiesta de “barrer con toda la ineficiencia” del tejido productivo argentino.

  1. Recursos naturales, capital humano y social

Argentina es un país con una multiplicidad de recursos naturales, un muy competente capital humano desarrollado a lo largo de más de un siglo de educación pública universal, una cultura cosmopolita alimentada por una clara pertenencia al Occidente liberal moderno, un fuerte capital social entramado en una formidable red de solidaria contención social, una cultura empresaria y laboral muy desenvuelta, y una tradición de innovación productiva consolidada.  Parece un despropósito la renuncia a desarrollar todas estas potencialidades.  Por supuesto, en algunos sectores hay más ventajas comparativas. Pero hay que asumir con buena voluntad la condición de país extenso y una economía amplia, diversificada y plena de potencia y oportunidades.

Es cierto que no se puede abarcar todo, porque los recursos disponibles para la inversión son por definición escasos.  El horizonte deseable de una economía lo más integrada posible, no puede justificar cualquier ineficiencia.  Hay que elegir, fijar prioridades, pero todo ese potencial está ahí y no se puede desdeñar.

9.Un puente hacia una economía equilibrada

Lo que Argentina necesita es un programa razonable que le permita recomponer su productividad incluyendo a la mayor cantidad de sectores y actividades posible.  Como regla general, hay que cuidar las actividades existentes y tenderles puentes de reconversión para llevar cada una a umbrales competitivos de productividad.

Antes de sentenciar que cualquier sector es esencialmente incapaz de competir, debería analizarse el conjunto de factores concurrentes que le quitan competitividad: el tipo de cambio, la presión tributaria, el costo del crédito, los costos logísticos, las rigideces y contingencias laborales, y las carencias de la infraestructura de servicios, etc. que cada actividad enfrenta.  Los ataques y la descalificación moral son injustificables y equivocados.

Así como se diseñó el RIGI u otros modelos destinados a promover inversiones en los sectores más dinámicos (regímenes tributarios y laborales especiales, incentivos fiscales y crediticios), así también debería ofrecérseles a las pymes industriales un sendero progresivo de incentivos a la inversión y reconversión que les permita capitalizarse, mejorar su productividad y competitividad.  Este sendero debería incluir:

  • Incentivos fiscales a la inversión en bienes de capital.
  • Líneas de crédito para proyectos de inversión en bienes de capital.
  • Un sendero gradual, previsible y progresivo, de apertura a la competencia de bienes finales importados para los sectores transables
  • Cupos de mercado para las importaciones en los sectores específicos que enfrentan altos diferenciales de competitividad, por ejemplo asiática, pero que pueden mejorar.

10. Una economía en expansión

El objetivo manifiesto de una política económica desarrollista, de promoción de la inversión real, es la expansión del conjunto de la economía sobre bases genuinas.  El camino del desarrollo se aleja tanto de las políticas populistas, cuanto de las políticas de ajuste contractivo y restricción monetaria.

La expansión sobre la base de la inversión se diferencia de la expansión de los modelos populistas, que incentivan el consumo sin atender la capitalización de la economía.  Estos modelos (Gelbard sería el paradigma y el kirchnerismo su prolongación) confían en que, dada una demanda sostenida, la inversión acudirá enseguida a atender ese mercado.  Pero la inversión siempre corre desde atrás, se difiere en el tiempo, o directamente no ocurre.  Suelen alimentarse perversos modelos de acumulación en bienes suntuarios, especulación inmobiliaria y diversas formas de atesoramiento.  Como la expansión no tiene un correlato en capitalización e incrementos de la productividad real, se generan inconsistencias en la oferta de bienes, y por supuesto tensión inflacionaria.

Una política de inversión y capitalización general de la economía también se diferencia de los modelos de ajuste contractivo, como el vigente.  Estos apuestan, tácita o explícitamente, al desmantelamiento de un amplio abanico de industrias y servicios tildados de ineficientes, y confían en construir una estabilidad macroeconómica sobre las sólidas bases de unos pocos sectores con nítidas ventajas comparativas.  En teoría esto debiera dar lugar a la reasignación de recursos desde los sectores que desaparecen hacia nuevos sectores más dinámicos.  Pero esta segunda fase dinámica suele quedar en manifestaciones de buenas intenciones, muy lejos de compensar el empleo, el ingreso y la actividad que se destruye.  De ahí que sean en general modelos contractivos, aunque algunos sectores crezcan a ritmo notable.


Corolario

Un modelo de desarrollo apuesta a sostener, modernizar e integrar una economía real diversificada y competitiva, en la que varios sectores se apalanquen unos a otros.  Una expansión basada en la capitalización general y una mayor productividad permite un crecimiento más equilibrado, al tiempo que el país no pierde el tren de la competitividad en un mundo más agresivo que nunca.

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