Una mirada desarrollista sobre la intervención norteamericana en Venezuela

Dictadura o Colonia: el falso dilema que hoy asfixia a Venezuela. Tras el fraude de Maduro y su posterior captura, surge una amenaza igual de peligrosa: la pretensión de gobernar Caracas desde Washington. Desde la tradición del desarrollismo y la Doctrina Drago, planteamos por qué la libertad venezolana solo será legítima si nace de sus propias instituciones y líderes democráticos, y no de un protectorado

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Un gran incendio se propagó en Fuerte Tiuna, el mayor complejo militar de Venezuela, tras una serie de ataques de EE.UU. (STR/AFP

La reciente captura de Nicolás Maduro por fuerzas de inteligencia estadounidenses ha provocado un sismo en la comunidad internacional. No hay duda de que Maduro lideró un Estado militarizado y autoritario, con vínculos probados con el narcotráfico y un desprecio absoluto por las instituciones. También es cierto que el escandaloso fraude electoral de 2024, donde se proclamó ganador sin presentar jamás las actas, mientras que la oposición —liderada por Edmundo González Urrutia y María Corina Machado— demostró con pruebas fehacientes que democráticamente no podía haber salida posible.

La presión militar previa  y el operativo «Determinación Absoluta», que derivó en el traslado de Maduro ante los tribunales de Nueva York, marcan el fin de una era. Y aunque muchos consideran justificada la deposición de un dictador no hay que olvidarse el método unilateral es lo que sienta el precedente peligroso.

Con el hecho ya consumado,, lo que debería ser el inicio de una reconstrucción democrática soberana está siendo opacado por un intervencionismo que desafía los pilares históricos de la política exterior argentina y la vigencias del entramado jurídico que sostiene la armonía entre las naciones.

El retorno de la «Doctrina Monroe» y el riesgo del protectorado

Las recientes declaraciones del presidente Donald Trump, sugiriendo que Estados Unidos planea «manejar» Venezuela por un periodo indeterminado para dictar órdenes a su gobierno y explotar sus reservas de petróleo, colocan a la región en una situación arriesgada. Esta postura no solo evoca las fallidas experiencias de cambio de régimen en Irak, Afganistán o Libia, sino que legitima que potencias como China o Rusia sigan caminos imperialistas similares o legitimen el que ya han emprendido.

Trump no oculta sus intenciones: no habla de una cruzada por la libertad, sino explícitamente del interés norteamericano en el crudo venezolano. Esta franqueza, aunque transparente, evidencia una limitación de estadista. Bajo el paraguas de un renovado «Corolario Trump» a la Doctrina Monroe, Washington busca recuperar su «patio trasero» y desplazar la influencia china ávida de los mismos recursos estratégicos. En este tablero, el Secretario de Estado Marco Rubio emerge como el arquitecto de una estrategia que busca un «efecto dominó» hacia Cuba y Nicaragua, consolidando la región como área de influencia exclusiva norteamericana.

El espejo de la historia: De Drago a Frondizi

Ante la pretensión de tutelar el destino venezolano, es imperativo recuperar la profundidad del pensamiento desarrollista. Este enfóque se nutre de la Doctrina Drago, simbolizada en aquel busto de bronce en Caracas que recuerda la histórica negativa argentina a que el caos interno o las deudas justifiquen la ocupación militar. Con la excusa de desarticular un «narco-estado», Trump ha intervenido militarmente; el antecedente abre que, bajo ese mismo argumento, se arrogue el derecho de actuar igual en Colombia o México, como ya ha insinuado.

En 1962, durante su célebre Discurso de Paraná, el presidente Arturo Frondizi trazó una línea doctrinaria que hoy recobra una vigencia absoluta. En plena Guerra Fría, Frondizi sostuvo que los principios de no intervención y autodeterminación no eran formalismos, sino la única «arma ética» de las naciones pequeñas frente a la superioridad material de las potencias:

“Los estados que no tienen suficientes cañones para oponerse a la superioridad material de las grandes potencias, no tienen otra arma que la fuerza ética del derecho para reclamar la solidaridad internacional. Consideramos que los principios de no intervención y de autodeterminación de los pueblos son los únicos capaces de resguardar la soberanía de los estados, especialmente de las naciones pequeñas del hemisferio“.

El discurso de Paraná

El peligro de la «Solución Externa»

La pretensión de gobernar Venezuela desde Washington vulnera la soberanía y sienta un precedente peligroso para todo el mundo. Es particularmente alarmante que, existiendo un las figuras de González Urrutia y una líder popular como Corina Machado, la administración Trump parezca preferir negociar con remanentes del régimen depuesto en lugar de promover una salida institucional propia a través de nuevos e inminentes comicios. Esto demuestra el carácter mezquino de la intervención: no se busca el desarrollo de Venezuela, sino la tutela de sus recursos.

Como sostenía Frondizi en 1961, la solidaridad internacional debe ser para el desarrollo y el respeto mutuo, no para la custodia política. Una intervención que ignore la autodeterminación solo logrará postergar la resolución de los problemas nacionales venezolanos, generando una dependencia que impedirá un proyecto de convivencia genuino.

La fuerza ética del derecho

Esta claro que la lucha contra los autoritarismo  y el compromiso con la democracia son luchas irrenunciable y que Venezuela era una dictadura totalitaria, pero no puede ser la excusa para un colonialismo de facto. Lo hecho, hecho está: Maduro está fuera del poder. Pero el camino hacia adelante debe ser recorrido bajo la determinación de los venezolanos. Estados Unidos puede y debe ayudar, pero de ninguna manera violando la soberanía, especialmente cuando la legitimidad de la oposición democrática está más vigente que nunca. En todo caso la intervención militar debe tener un objetivo concreto y limitado: extirpar a los esbirros del régimen y garantizar la realización de nuevos comicios lo antes posibles y que asi sean nuevamente los venezolanos de buena voluntad los que rigen sus propios destinos.

Desde Visión Desarrollista, reafirmamos que el respeto a la soberanía no es complicidad con los dictadores, sino la defensa de un orden internacional donde la fuerza ética del derecho prevalezca sobre la voluntad de los más fuertes. Solo respetando estos principios Venezuela podrá sanar sus heridas, al costo y tiempo que demande su propio pueblo, bajo su propia responsabilidad y soberanía.