Las protestas en Irán desafían la estabilidad del régimen de los ayatolás

El hartazgo generalizado por las crisis socioeconómica lanzó al pueblo a las calles con el pedido explícito del fin de la República Islámica.

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El hartazgo generalizado por las crisis socioeconómica lanzó al pueblo a las calles con el pedido explícito del fin de la República Islámica.
El hartazgo generalizado por las crisis socioeconómica lanzó al pueblo a las calles con el pedido explícito del fin de la República Islámica.

Hace 47 años, en las calles de Teherán se coreaba el grito de “Allah Akbar” (“Dios es grande”), mientras se respiraba la esperanza de un cambio que puso fin al reinado autoritario del Sah Mohammad Reza Pahlaví. La figura central de la Revolución iraní giraba alrededor de una figura religiosa que unía a todas la formaciones heterogéneas, el ayatolá Ruhollah Jomeini, que había prometido una Irán con prosperidad y libertad que rompió con las cadenas autoritarias del Sah, supeditado de Occidente, principalmente de Estados Unidos e Israel.

La realidad fue otra. La esperanza de un cambio real se evaporo a surgir diferencias entre los que habían luchado para adoptar un sistema democrático sobre un gobierno teocrático.

Durante estas cuatro décadas de vida de la República Islámica, hubo manifestaciones de toda índole que pedían a gritos cambios profundos que terminaron en la intransigencia misma del ayatolá Alí Jamenei, con confrontaciones violentas con muertos y detenciones masivas. El régimen con su brazo armado la Guardia Revolucionaria siempre aplastó todo intento de cambio, siendo el sostén y la seguridad de la teocracia iraní. Además, poseen una amplia red en sectores claves de la economía y actúan en consecuencia en la supervivencia del régimen.

Parece inviable una convivencia entre el clericalismo y el secularismo, más que nada por la posición extrema de los ayatolás que impiden toda iniciativa liberal reclamada en los últimos años por los más jóvenes.

Sin embargo, la magnitud de las protestas que azotan actualmente al país persa son consideradas las más importantes desde las manifestaciones recientes en 2009 y 2022.

La salida a las calles que comenzaron de manera dispersa el 28 de diciembre se intensificó con el paso de los días desde los pueblos y ciudades provinciales hasta las grandes ciudades como Teherán, Mashad, Isfahán y Karaj. La ola de protestas se extendió a las 31 provincias. Nuevamente los jóvenes fueron junto a hombres desempleados los que salieron a las calles sumado a las mujeres, personas de mediana edad y la clase media que siempre se mantuvo al margen.

El denominador común de las protestas es la exigencia del fin del régimen. Con fuertes consignas en las calles de Teherán al grito “muerte al dictador”, en referencia al líder supremo, el ayatolá Ali Jamenei, de 86 años. Además, se quemaron pancartas y carteles con la figura del líder supremo, se vandalizaron mezquitas, bancos, comisarías y edificios públicos. El país vive un caos. La reacción de la teocracia fue culpar de todos los males a Israel y Estados Unidos y actuar de manera despiada contra los manifestante a lo que consideran enemigos y “títeres de Trump”, según Jamenei.

Para contrarrestar las manifestaciones, las autoridades cortaron el acceso a internet. La represión está siendo brutal por parte del régimen con más de 648 muertos y miles de detenidos, aunque se advierte de miles de víctimas fatales, según grupos de derechos humanos. Probablemente con el correr de los días haya más víctimas para restaurar el miedo y que los manifestantes dejen las calles.

El país persa ya pasó en el pasado por diversas protestas que el régimen superó con mano de hierro. Aunque la situación actual está dejando contra las cuerdas a Jamenei. La gente ya se hartó de su gobierno y la crisis del coste de vida que vienen padeciendo durante décadas. La dramática situación es admitida inclusive por el presidente, Masoud Pezeshkian. La caída del rial frente al dólar fue la mecha que derivó en la ola de protestas a lo largo y ancho de Irán sumado a la escasez de agua, electricidad y alimentos. En los últimos años la clase media se ha reducido en gran medida por las malas políticas económicas y las sanciones internacionales vinculadas a sus ambiciones nucleares. La inflación galopante del 48% hace trizas los salarios. Alrededor del 30 % de los iraníes viven ahora en la pobreza.

A este complejo escenario para el régimen, se suma la humillación total por lo acontecido en las jornadas de ataques israelí y estadounidenses a las instalaciones nucleares, militares y la eliminación de miembros de la Guardia Revolucionaria y científicos.

El espacio aéreo iraní fue totalmente ocupado por Israel y Estados Unidos. Además, los espías del servicio de inteligencia exterior israelí, el Mossad, se infiltraron en los niveles más alto de la seguridad militar y política de Irán. Inexplicable en un país totalitario y vigilado como Irán haya sucedido semejante infiltración. Las malas noticias fueron una constante cotidianidad para Teherán en el 2025. Financiados por la República Islámica, sus proxies: Hezbollah, en el Líbano, el revés en Siria, y Hamas en la Franja de Gaza, sufrieron una destrucción operativa que llevará tiempo regularizar. Estos resultados adversos han convencidos a varios iraníes que el final de la teocracia es cercana. Atento a los acontecimientos, Donald Trump reactivó las sanciones contra el régimen y apuntó contra las exportaciones de petróleo reduciendo los ingresos. El magnate republicano redobló la apuesta al amenazar a Jamenei que “pagará caro” en caso de que haya una feroz represión contra los manifestantes. «Irán busca la libertad quizás como nunca antes”. «¡Estados Unidos está listo para ayudar!», escribió Trump en sus redes sociales el sábado.

La clave de las manifestaciones es quién puede tomar las riendas o emerger como un líder. La oposición al régimen esta fragmentada. Desde el exterior se hizo presente la figura del hijo de Sah, Reza Pahlaví, de 65 años, que llamó desde su casa en Washington a salir a las calles y por estos días evalúa la posibilidad de retorna a su país. Todavía quedan sectores románticos con la vuelta de la monarquía. En las zonas con presencia kurda piden el final de la “tiranía de los ayatolás”, pero también se muestra contrarios a la vuelta de la monarquía. En el sector minoritario de baluches sunnitas quiere el fin del régimen chiita al que aborrecen por temas religiosos. Las posibilidad que estos sectores se levanten en armas pone aun más contra las cuerdas al régimen, pero podría generar un conflicto civil entre la población.

Aún no hay señales públicas de deslealtad en las filas del régimen. La oligarquía iraní también continúa fiel. Independientemente la figura reformista del presidente Masoud Pezeshkian que es partidario de una reforma liberal y de recomponer las relaciones con Occidente a través de un nuevo acuerdo nuclear. Las posturas de Pezeshkian representan la intención de un cambio real. Aunque sus intenciones chocan de lleno con los clérigos, que mantienen reticencia y desconfianza. Sin embargo, muchos analistas señalan que el ala moderada iraní está a favor de adoptar un sistema meramente democrático con el fortalecimiento de las instituciones y convertir al líder supremo en una figura decorativa. Básicamente se apunta a una república con oportunidades para las nuevas generaciones y que las mujeres estén empoderadas.

La evidencia deja al líder supremo Jamenei como una figura acrónica que tras 36 años en el poder parece cansado y carente de ideas. Pero, hasta el momento, se aferra al poder, aunque se filtró un informe de la inteligencia estadounidense que publicó The New York Times de un posible escape a Moscú como hizo el dictador sirio Bashar al-Assad. A pesar de la represión, la ciudadanía se mantiene protestando en las calles, habrá que ver si el régimen resiste como sucedió en otras ocasiones o finalmente cede lo que posibilitará un nuevo comienzo para Irán.