
En el debate económico regional suele presentarse la estabilidad macroeconómica como un fin en sí mismo. En gran medida se justifica dicha visión por los graves desordenes macroeconómicos que años de populismo generaron en nuestras economías. Sin embargo, desde una visión más profunda y sistémica, el orden de las cuentas es apenas el tablero de juego. Rogelio Frigerio enseñó que la inflación no es un fenómeno puramente monetario, sino el síntoma de una estructura productiva insuficiente y desequilibrada. Por ello, estabilizar «enfriando» la economía es, en palabras del ideólogo del desarrollismo (junto a Arturo Frondizi), «la paz de los cementerios».
Hoy, Brasil y Argentina ofrecen dos respuestas antagónicas a este dilema. Como se desprendió del reciente intercambio de Federico Poli con Jorge Fontevecchia, la «paz financiera» que celebra el mercado argentino ocurre en un laboratorio donde la actividad real ha sido sacrificada. En contraste, Brasil parece haber redescubierto la máxima frigerista: no hay estabilidad duradera, e incluso boom financiero, sin un aliciente vigoroso a la producción que amplíe la oferta de bienes y servicios.
El modelo brasileño: Una macroeconomía con tracción en la economía real
Brasil atraviesa lo que los analistas denominan un «momento dorado». Lo paradójico es que este éxito ocurre bajo un gobierno que no ha dudado en intervenir estratégicamente. La columna vertebral de este fenómeno es el Arcabouço Fiscal diseñado por Fernando Haddad. A diferencia de un ajuste ortodoxo, este marco fiscal permite que el gasto público crezca siempre y cuando los ingresos lo hagan primero, garantizando que el Estado no sea un ancla, sino un motor.
Este equilibrio ha permitido que la Bolsa de San Pablo (Bovespa) alcance récords históricos. El promedio del índice Bovespa subió casi 15% desde que arrancó el 2026 y los ADR brasileños subieron un 50% en un año, logrando aislarse de la volatilidad global. La inversión extranjera directa, es decir en bienes físicos, alcanzó en el 2025 el récord histórico de USD 15.000 millones. El crecimiento del PIB brasileño, proyectado por encima del 3%, está sostenido por un mercado interno que ha creado casi 2 millones de empleos. Aquí, la estabilidad es «con tracción»: el orden fiscal se utiliza para bajar el costo del crédito y fomentar que la industria, a través del plan Nova Indústria Brasil, se digitalice.
Hagamos foco precisamente en el programa «Nova Indústria Brasil» (NIB) que funciona como el núcleo operativo de esta estrategia, rompiendo con la inercia del ajuste pasivo para retomar la iniciativa estatal. Con una movilización de recursos que supera los 300.000 millones de reales —canalizados principalmente a través del BNDES—, el plan no se limita a un esquema de subsidios tradicionales, sino que impone una dirección estratégica clara: la transición hacia una economía verde y la digitalización profunda del parque manufacturero.
Bajo este esquema, el Estado brasileño actúa como el promotor que Frigerio reclamaba, enfocando la inversión en áreas de alta complejidad como la biotecnología, la movilidad eléctrica y la defensa. Esta política demuestra que la estabilidad no se defiende únicamente con recortes, sino con una oferta productiva tan robusta que sea capaz de transformar el ahorro nacional en capital reproductivo y soberanía tecnológica.
Brasil aplica estabilidad fiscal para atraer capitales que se entierren en fábricas, no que vuelen en activos financieros.

El peligro del «Industricidio» y la pérdida de capital
Desde la óptica desarrollista de Federico Poli, el problema argentino es una amenaza a la «densidad nacional». Poli sostiene que el capital industrial no es recuperable fácilmente. Cuando una PyME cierra por no poder competir con un shock de apertura y costos locales por las nubes, se pierde un saber hacer que tardó décadas en construirse. Es lo que él denomina el riesgo de un «industricidio».
A diferencia de Brasil, que utiliza el financiamiento estratégico del BNDES, Argentina somete a su industria a una competencia asimétrica. Poli subraya que la estabilidad sin actividad industrial es socialmente regresiva. Sin una política que entienda que la industria es el motor de la innovación, el país se encamina a una estructura de baja complejidad. La lección de Frigerio es clara: el incentivo a la producción debe ser simultáneo a la estabilización, porque es la inversión la que finalmente «absorbe» el excedente monetario y le da sentido al sacrificio fiscal.
«Paraguayización» de la economía argentina
El economista Guido Agostinelli ha sido tajante al comparar ambas trayectorias. Mientras Brasil ostenta una Inversión Extranjera Directa (IED) que representa el 3,3% de su producto, en Argentina ese número languidece en el 1,8%. La diferencia radica en el origen de la estabilidad. En Argentina, el superávit se logra por «atrición»: se frena la emisión y se pisan los pagos, pero a costa de una caída drástica en la demanda de insumos industriales.
Agostinelli advierte sobre el riesgo de una «Paraguayización» de la economía argentina. Este modelo implica una estabilidad macro basada en la exportación de productos primarios y energía, pero con una industria desmantelada y salarios reales que han caído un 8%. Frigerio advertía que cuando se estabiliza sin fomentar la producción, se crea una ilusión de orden que estalla en cuanto la economía intenta crecer, debido a la «restricción externa»: la falta de dólares que solo una industria fuerte puede proveer de manera genuina.
El marco Frigerista: Estabilidad para la expansión, no para el ajuste
Para Rogelio Frigerio, el desarrollo exigía un shock de inversiones (ritmo y prioridades) en sectores básicos (energía, acero, química) para sustituir importaciones y fortalecer la moneda desde la producción. Frigerio criticaba duramente al monetarismo por considerar que sus recetas de ajuste solo lograban un «equilibrio en la miseria». Para el desarrollismo, la estabilidad ganada a través de la recesión es efímera porque no ataca la causa raíz: la falta de una oferta productiva robusta.
En la actual comparación regional, Brasil se acerca más al ideal desarrollista: usa la estabilidad para bajar la tasa de interés y alentar la inversión manufacturera. Argentina, en cambio, parece haber caído en la trampa que Frigerio denunciaba hace 60 años: priorizar el equilibrio contable del Estado por sobre el equilibrio dinámico de la nación. El riesgo es que, al debilitar el tejido industrial, se pierda la capacidad de reacción cuando las condiciones financieras internacionales cambien. Sin fábricas, la estabilidad financiera es un castillo de naipes.

Corolario: El sentido del sacrificio estabilizador
Brasil demuestra que se puede ser fiscalmente responsable y productivamente ambicioso. Argentina ha convertido al superávit en un altar donde se sacrifica la industria. Para Visión Desarrollista, la estabilidad debe estar al servicio de un plan nacional de crecimiento. Como decía Frigerio, el desarrollo no es un proceso espontáneo del mercado, sino el resultado de una voluntad política que utiliza la macroeconomía para potenciar las fuerzas productivas y el desarrollo nacional.
