Durante siglos, el mercantilismo ha sido despachado como una simple obsesión irracional por la acumulación de metales preciosos sin fundamento científico, desde que Adam Smith, en 1776, dedicara una cuarta parte de su obra cumbre a desacreditar este sistema.
Keynes, 160 años después, en su Teoría general, se encargó de reivindicar a los mercantilistas como una doctrina con una intuición técnica sorprendentemente lúcida para su tiempo.
Redescubrir este debate es tratar de entender por qué un economista como Keynes consideró que los “hombres pragmáticos” de los siglos XVI y XVII comprendieron ciertos mecanismos del empleo y la inversión mejor que los economistas liberales que les sucedieron.
Lejos de ser un capricho por el metal, el mercantilismo fue una constelación de ideas producidas por hombres pragmáticos —funcionarios de corte y directivos de grandes compañías comerciales— que respondía a desafíos concretos: la formación de los Estados nacionales, la liberación de las trabas medievales al comercio y la conquista de mercados lejanos. En un mundo sin mercados de capitales, la alianza entre las grandes compañías y el Estado era una necesidad de supervivencia y unificación política.
Thomas Mun, director de la East India Company, planteó, en La balanza de nuestro comercio exterior es la regla de nuestro tesoro (1664), lo que hoy llamaríamos un programa estratégico de industrialización, cuya regla básica era “vender más anualmente a los extranjeros en valor de lo que consumimos de ellos”. Mun no solo buscaba saldos comerciales positivos; proponía poner a trabajar los “eriales” (tierras públicas baldías) para cultivar cáñamo, lino y tabaco, reduciendo así la dependencia de importaciones.
En el Capítulo 23 de su Teoría general (1936), Keynes lanzó un contraataque intelectual contra el dogma del librecambio absoluto. Argumentó que, en una época donde no existían movimientos internacionales de capital ni herramientas de banca central modernas, la búsqueda de un superávit comercial era el único medio “científico” que tenían las autoridades para combatir la desocupación.
Keynes identificó una cadena de causalidad económica lógica en el sistema mercantilista:
- Superávit comercial: Genera una entrada neta de metales preciosos al país.
- Acumulación de metálico: Al aumentar la cantidad de dinero en circulación, se presiona a la baja la tasa de interés interna.
- Descenso de la tasa de interés: Frente a una eficiencia marginal del capital estable, se estimula la inversión productiva.
- Crecimiento: El aumento de la inversión se traduce en mayor empleo, actividad económica y consumo.
Lo contrario ocurre cuando la balanza comercial tiene signo opuesto. Para Keynes, los mercantilistas comprendieron que una tasa de interés indebidamente alta era el mayor obstáculo para el crecimiento de la riqueza. Su intuición les dictaba que, si no podían manipular el interés como se haría tiempo después, a través de políticas monetarias, debían hacerlo a través de la balanza de pagos.
El enfrentamiento entre Smith y Keynes nos enseña que es erróneo leer las teorías de los grandes economistas fuera de su contexto, otorgándole validez universal de verdades inmutables. Smith fue genial, pero fue de su época. Los mercantilistas también lo fueron.
La lección de Keynes nos señala que cuando se sabe leer a esos gigantes de la ciencia, sus ideas revelan claves para entender el presente que, tal vez, ningún paper reciente puede ofrecer.
Volviendo al aquí y ahora, ¿tendrán algo para decirnos los mercantilistas en momentos en que el BCRA tiene que acumular reservas internacionales y reactivar la economía?
Fuente: CLARIN / https://www.clarin.com/economia/keynes-importancia-contextos_0_CzBylbQBVN.html

