¿Qué ocurre cuando un modelo de estabilización fiscal coincide con el superávit energético de Vaca Muerta, pero prescinde del motor industrial? En una charla de café sin concesiones, dos de nuestros más encumbrados referentes desarrollistas repensaron las categorías de Rogelio Frigerio para desmenuzar la coyuntura actual: la sustitución inversa de importaciones, la crisis del empleo formal y el riesgo de consolidar una economía de enclave hipercompetitiva en un país socialmente fragmentado.
L — En su origen, el desarrollismo no nació para administrar lo existente, sino para resolver un diagnóstico estructural: la superación del subdesarrollo. La genialidad de Rogelio Frigerio fue cambiar el eje del debate. La contradicción principal no era capitalismo versus comunismo, ni capital versus trabajo, sino desarrollo versus subdesarrollo. Y en la matriz de esa ecuación, la industria pesada era el único motor capaz de romper el estrangulamiento externo.
Hoy asistimos a un proceso inverso. No estamos ante una crisis coyuntural, sino ante un sesgo que tiende a la desindustrialización irreversible del tejido productivo.
M — Y lo alarmante es que el proceso se apoya en un clima de época. Una corriente doctrinaria que históricamente fue minoritaria en la Argentina —la que sostiene que toda industria local es inherentemente prebendaria, improductiva e ineficiente— hoy se convirtió en el mainstream cultural.
L — Pero esa corriente siempre tuvo un peso dialéctico enorme. En los años cincuenta y sesenta, Álvaro Alsogaray repetía la máxima del libre comercio: “¿Para qué fabricar caro lo que podemos comprar barato?”. El desarrollismo combatió esa falacia con hechos y planificación estratégica. El caso de la industria automotriz fue categórico. Se decía que era insostenible fabricar autos en el país; sin embargo, contra viento y marea, el gobierno de Frondizi dictó un régimen de radicación industrial que impulsó la instalación de autopartistas e integró la cadena local.
En el fondo, la lógica automotriz era simétrica a la política petrolera. Para romper la dependencia de las dos o tres multinacionales importadoras que dominaban el mercado de hidrocarburos, había que abrir el juego a contratos de exploración y explotación que garantizaran el autoabastecimiento. Se quebró el interés importador desde la base.
M — Y gracias a esa visión estratégica nacieron los cinturones industriales del Gran Córdoba, el Gran Rosario y el Conurbano Bonaerense. Había un concepto de territorio y densidad nacional.
L — Exacto. Ahora bien, analicemos la coyuntura actual sin esquemas dogmáticos. A comienzos de esta gestión advirtí una diferencia sustancial respecto a los programas de Martínez de Hoz, Cavallo o Macri: Vaca Muerta pasó de ser una expectativa prospectiva a una realidad operativa. En lugar de dilapidar divisas en la importación neta de energía, el país está en condiciones estructurales de consolidar un saldo exportador positivo.
M — Con un matiz histórico insoslayable: Vaca Muerta existe en gran medida por la capacidad operativa de una YPF reconstituida. El desarrollo no surge de la nada; requirió la decisión estatal de recuperar la soberanía sobre el recurso y sostener la inversión de capital en el upstream a lo largo de sucesivas administraciones políticas.
L — Más allá de las discrepancias políticas de cada período, hay dinámicas productivas cuya inercia técnica termina imponiéndose. La pregunta de fondo que debemos hacernos como desarrollistas es: ¿qué pasa si el programa económico de Milei logra estabilidad?
Tenga éxito en su plan de estabilización o no, la cuenca no convencional y la reprimarización van a generar un «colchón» de divisas que los experimentos liberales anteriores jamás tuvieron.
M — Es decir, la caja en dólares va a estar, pero desvinculada de un proyecto de densidad industrial…
L — Ahí yace el núcleo del problema. Si con la infraestructura y la base industrial previa no logramos dar el salto cualitativo hacia la madurez productiva, ¿qué margen nos queda si este modelo consolida una matriz desindustrializada? Hay que pensar la Argentina sobre esta nueva geografía económica.
El otro día leía las declaraciones del intendente de Añelo, el corazón de Vaca Muerta. Decía, casi desesperado: “Por favor, detengan la migración interna. Y si vienen a trabajar, vengan solos; no tenemos escuelas para los chicos, no hay centros de salud, no hay agua potable ni conectividad vial”. Es la radiografía perfecta del enclave.
M — Ese testimonio destruye el dogma anarcoliberal. Los servicios públicos esenciales —logística, conectividad, vivienda, agua, infraestructura básica— pueden tener explotación concesionada, pero el capital inicial y la planificación del territorio exigen la presencia del Estado. Sin inversión pública no hay reducción de costos sistémicos para el sector privado. Un hospital o una escuela en una zona productiva no son «gasto corriente»; son inversión en capital humano que eleva la productividad global de la economía.
L — Pero si se elimina la planificación, la expansión del enclave deriva en un caos social y operativo. Y hoy vemos cómo el dogma del equilibrio fiscal contable a cualquier costo se transformó en una meta fiscalista sin visión productiva.
M — El problema no es la disciplina fiscal en sí misma —que es una condición de orden macroeconomica indispensable—, sino el cómo se alcanza y a costa de qué. Si el superávit se logra postergando la inversión en infraestructura, acumulando deuda flotante y destruyendo la capacidad instalada, no estás saneando la economía: estás consumiendo su capital fijo.
L — El escenario al que nos dirigimos es el de un país profundamente asimétrico. El sector energético, el complejo agroexportador y la minería muestran dinamismos de inversión considerables. Sin embargo, estamos asistiendo a un fenómeno inédito: una sustitución de importaciones inversa.
Antes se importaban insumos y bienes intermedios para transformarlos localmente en bienes finales con valor agregado. Hoy el esquema incentiva la importación directa de bienes finales terminados, desplazando al componente nacional.
M — Y en el corto plazo, los números del balance comercial pueden cerrar porque la productividad exógena de los bienes finales importados es altísima. Pero el costo social y la pérdida de know-how industrial son devastadores.
L — Exactamente. A esa sustitución inversa de bienes se le suma la sustitución estructural del empleo: el trabajo formal con aportes y cobertura social es reemplazado masivamente por el cuentapropismo precario y la informalidad.
M — Hay toda una construcción ideológica para estetizar la fragilidad laboral bajo el eufemismo del «emprendedurismo». Se romantiza la pérdida de densidad del tejido social.
L — Y las consecuencias macroeconómicas de eso son inmediatas. En el sistema previsional, el impacto es doble: caen los aportantes formales por la informalidad y la transición demográfica, mientras se prolonga la expectativa de vida. Tenés un sistema con ingresos estructuralmente decrecientes y erogaciones crecientes.
Acá es donde debemos reintroducir la categoría clave que vos sostenés desde la teoría: la capitalización de la economía. Sin un proceso sistemático de absorción de tecnología e inversión en bienes de capital sobre toda la trama productiva, el ingreso de divisas por recursos naturales no transformará la estructura del país; solo profundizará el dualismo.
M — Nos dirigimos hacia una economía de enclave: un sector primario-exportador hipercompetitivo, altamente capitalizado e integrado al mundo, conviviendo con un universo urbano relegado a los servicios de baja productividad y la informalidad.
L — Por eso la crítica desarrollista no puede limitarse a consignas del pasado. La Argentina de hoy no es la de Martínez de Hoz, ni la de la convertibilidad de los noventa. El contexto geopolítico mundial cambió radicalmente. En los noventa, la irrupción industrial de China en el comercio global representaba una fracción menor. Hoy, la capacidad manufacturera asiática compite directamente en los núcleos de mayor valor agregado del planeta, como la industria automotriz y la maquinaria compleja.
M — La velocidad y escala de esa competencia son apabullantes. Enfrentar ese escenario global exigirá más que nunca inteligencia estratégica, visión industrial y un Estado capaz de planificar la inserción internacional del país, lejos del infantilismo del mercado autorregulado.
El verdadero dilema que tenemos por delante ya no es si habrá o no dólares en la Argentina, sino qué tipo de sociedad va a habitar el país que esos dólares sustenten.

