La discusión económica en la Argentina parece atrapada en un laberinto de falsas opciones. Mientras el debate político pendula entre la nostalgia por esquemas populistas de estímulo al consumo sin base de capital y la rigidez de programas ortodoxos enfocados exclusivamente en el superávit fiscal y el ancla cambiaria, la economía real —aquella donde se entierran capitales, se abren fábricas y se genera empleo calificado— cruje bajo el peso de una pinza asfixiante.
El ultimo Informe Económico de Coyuntura de la consultora Sistémica para el Desarrollo de Federico Poli ofrece una radiografía implacable de este fenómeno. Sus datos exponen una dinámica macroeconómica que, lejos de sanear los fundamentos productivos del país, está consolidando un círculo vicioso de recesión y pérdida irreversible de capacidades técnicas. Tomamos algunos de sus análisis para acercarles esta nota.
La trampa de los costos en dólares y márgenes en retroceso
El discurso oficial suele exhibir la desaceleración de la inflación y el ordenamiento de las variables financieras como los pilares de una futura reactivación. Sin embargo, el informe de Sistémica enciende luces rojas sobre el impacto de la apreciación cambiaria en la estructura de costos de la producción local.
De acuerdo con el indicador de la consultora, el Índice de Costos Industriales medido en dólares corrientes se disparó un 11,4% solo en el primer trimestre de 2026. Se trata del salto trimestral más severo desde la devaluación de fines de 2023. La diferencia técnica fundamental respecto de aquel episodio radica en que, mientras en 2024 el salto de los costos fue acompañado por una recomposición de precios internos, en la actualidad el incremento de costos se produce en un escenario de precios domésticos planchados o en franca caída debido al desplome del consumo masivo.
VARIACIONES EN EL PRIMER TRIMESTRE DE 2026 (Sistémica):
🔹 Costos Industriales Totales en USD: +11,4% (Intensivos en RRNN: +13%)
🔹 Precios Mayoristas vs. IPC: -4,5%
🔹 Producción Industrial Interanual: -9,0%
Esta dinámica erosiona transversalmente los márgenes empresariales. Incluso los sectores intensivos en recursos naturales —históricamente los más blindados ante los vaivenes cambiarios— registraron una suba de costos en dólares del 13% en el inicio del año. Al shock de la inflación interna remanente y la caída del tipo de cambio nominal (-3,6% en el trimestre), se sumó la presión de los precios regulados (tarifas de energía eléctrica, gas y combustibles) y el encarecimiento global del petróleo, que tocó techos similares a los de la invasión a Ucrania.
Casos testigo: Cuando el tejido industrial se rompe de forma irreversible
La macroeconomía de pizarrón suele asumir que las empresas operan en un vacío teórico y que los mercados se reasignan de manera automática. El desarrollismo, por el contrario, comprende que las capacidades industriales y el tejido técnico tardan décadas en construirse, pero pueden desmantelarse en meses.
La realidad de los últimos meses ha puesto nombres propios a las frías estadísticas de Sistémica, que reporta una caída del 4,2% en los puestos de trabajo industriales formales. Dos episodios recientes ilustran la gravedad del cuadro:
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La quiebra definitiva de SanCor: El pasado 22 de abril de 2026, la justicia decretó la quiebra de la mítica cooperativa láctea tras un largo proceso de asfixia financiera y pérdida de mercados. Más allá de sus debilidades de gestión previas, el desenlace deja a 900 trabajadores en la calle y fragmenta una cuenca lechera histórica, lo que evidencia la total ausencia de herramientas oficiales de financiamiento productivo o planes de reconversión sectorial.
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El fin de FAPA y la vulnerabilidad estratégica: El cierre de la Fábrica Argentina de Porcelanas Armanino (FAPA) en Monte Grande es, quizás, el caso más emblemático del sesgo anti-industrial actual. Fundada en 1938, FAPA era la única fabricante nacional de aisladores eléctricos de porcelana, un insumo crítico para sostener las líneas de transmisión y el tendido de la red eléctrica nacional. La empresa abastecía cerca del 70% del consumo local.
Ante el cierre de esta capacidad estratégica, la respuesta oficial consistió en emitir la Resolución 345/2026, suspendiendo por seis meses los derechos antidumping para facilitar la importación del insumo desde China, Brasil y Colombia. El Gobierno argumentó la necesidad de evitar el desabastecimiento del sistema energético; sin embargo, en la práctica, convalida la destrucción de la única cadena de valor local en el rubro, atando una infraestructura soberana de servicios públicos a la disponibilidad de divisas y la volatilidad del comercio exterior.
Superar la paradoja populista: El Estado Estratega vs. El Estado Ausente
Este escenario nos devuelve a la tesis central que venimos sosteniendo desde estas páginas: la urgencia de escapar a la paradoja populista sin caer en el abismo del desmantelamiento industrial.
El populismo económico naufraga sistemáticamente porque confunde consumo con desarrollo. Al expandir la demanda nominal sin correlato en la inversión real y la productividad, termina generando distorsiones de precios relativos, brechas cambiarias asfixiantes y una inflación que destruye el salario. Su destino es la crisis por falta de capitalización.
Sin embargo, la respuesta ortodoxa actual padece de una ceguera simétrica. Considerar que el equilibrio fiscal y la apreciación del peso son suficientes para ordenar la economía es ignorar la fisonomía del capitalismo moderno. Sin instrumentos específicos de crédito productivo, sin el desarrollo de proveedores locales de alta complejidad en sectores dinamizadores (como minería y Vaca Muerta), y sin una defensa inteligente frente a la competencia desleal externa, la estabilización se vuelve estéril. Se estabiliza el cementerio industrial.
Como argumentaba Rogelio Frigerio, la inflación es la manifestación superficial de un problema profundo: la estructura económica deformada y la escasez de industrias de base. Una política económica madura para la Argentina de 2026 no puede limitar su ambición a «planchar el dólar» a costa de cerrar plantas textiles, metalúrgicas, alimenticias o tecnológicas.
Romper el péndulo exige recuperar la noción del Estado estratega: un sector público capaz de coordinar con el capital privado la inversión en infraestructura clave, de orientar los incentivos hacia el aumento genuino de la productividad y de entender que el «saber hacer» de nuestros ingenieros, técnicos y operarios es el activo más valioso que posee la Nación. De lo contrario, seguiremos festejando índices de precios a la baja mientras importamos, uno a uno, los eslabones de nuestra propia dependencia.

