¿América Latina para Trump?

En la región se consolida una nueva derecha que ensalza el ideario del magnate republicano y lo coloca como su principal aliado

0
Varios presidentes latinoamericanos ubicados a la derecha del espectro político han mostrado afinidad con su par estadounidense, Donald Trump
Varios presidentes latinoamericanos ubicados a la derecha del espectro político han mostrado afinidad con su par estadounidense, Donald Trump

Las victorias electorales de Abelardo de la Espriella en Colombia y la vuelta del fujimorato al poder en Perú de la mano de Keiko Fujimori, la hija del expresidente Alberto, que gobernó entre 1990 al 2000, refleja el giro a la derecha de la región que forman parte de una nueva camada de dirigentes bajo la tutela y liderazgo del presidente estadounidense Donald Trump, con sus respectivas ideas con repertorios propios y la imposición de la figura del magnate republicano como un solemne aliado estratégico.

La elección de ambas naciones tuvo sus propios condimentos y realidades. Colombia transita hace varios años una extrema polarización política que divide a la sociedad sumada a la vuelta de la violencia con más presencia de grupos armados en varias regiones, la persistencia del narcotráfico y el estancamiento económico.

Colombia fue siempre un aliado incondicional de EE UU. en la región. Con la llegada del izquierdista Gustavo Petro a la Casa de Nariño la relación se enfrío sumado a altos ataques verbales mutuos con acusaciones cruzadas entre Trump y Petro, que, además, tuvo momentos de distensión con la visita de Petro a la Casa Blanca. El vínculo fue ambivalente. Por eso, De la Espriella contó con el apoyo explícito de Trump. Además, el outsider colombiano siempre manifestó su admiración plena hacia la figura de Trump.

En Perú se da la misma lógica de un país dividido políticamente con una crisis institucional donde en la última década desfilaron ocho presidentes por la Casa de Pizarro, con mandatos truncados por escándalos de corrupción, destituciones y un intento de autogolpe de Estado. Además, el país incaico arrastra una grave crisis de inseguridad, siendo la mayor preocupación de la sociedad peruana.

Tanto De la Espriella como Fujimori prometieron mano dura con todo el poder de la ley y el orden. El mensaje de campaña penetró en una parte de la sociedad. Con diferentes matices ambos coinciden con la necesidad de un poder ejecutivo fuerte al mejor estilo Trump. El mayor referente de esa idea en la región es el presidente salvadoreño Nayib Bukele y quien transita por la misma vía es José Antonio Kast en Chile. El orden se debe restablecer desde el ejecutivo generando un contrapeso con los otros dos poderes del Estado que pone en jaque a las instituciones. Poner es cuestión la batalla cultural que pregona sectores progresistas, la revisión de los derechos conquistados y un discurso marcado con tintes nacionalistas mezclados con posturas liberales y conservadoras con una deriva populista.

Es una nueva forma de ejercer el poder que deja a la democracia al borde de que no haya más un equilibrio de poderes y todo se concentre en quien gana las elecciones. Un poder absoluto contrario a la libertad de prensa, los tribunales no adeptos, los organismos de control y la oposición. Todo son enemigos del nuevo orden que hay que neutralizar.

El libreto de Trump encuentra líderes adeptos en la región que lo ensalzan como el referente de este ideario. Sin embargo, la intención de Washington esconde un mayor escollo que es la presencia latente de China en la región. La mayoría de los países de la región tienen fuerte vínculos económicos con Pekin. Situación que irrita a EE UU. Por eso, Washington ha decidido volver a ejercer un predominio sobre América Latina alejando la influencia del gigante asiático. Pero varias naciones deberán ejercer un equilibrio entre ambas potencias. Un claro ejemplo es el caso de Keiko Fujimori, que deberá equilibrar la relación con Washington por su cercanía económica con China, que construyó el mega puerto comercial en Chancay, las inversiones en minería y en otros sectores comerciales. En el otro extremo se encuentra Brasil que es un aliado comercial de China en diversos rubros estratégicos como las energías renovables, minería, automóviles eléctricos, puertos y logística, telecomunicaciones y centros de datos. Por delante se viene los comicios presidenciales de octubre en Brasil,  donde Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente Jair, aspira a recuperar el poder para su familia y para la extrema derecha con el apoyo de Trump. Brasil representa alrededor del 50% del PBI de la región y su mayor socio comercial es China.

Por eso, la administración Trump ataca constantemente a su homólogo brasileño Luiz Inácio Lula da Silva con aranceles a las importaciones brasileñas del 10 al 50%. La medida en parte fue en solidaridad con su aliado el expresidente brasileño Jair Bolsonaro, que cumplen una condena de 27 años por haber participado en el intento de golpe de Estado del 8 de enero de 2023.

Desde su vuelta a la Casa Blanca, Trump interviene abiertamente en los procesos electorales de otros países tanto de la región como en Europa con apoyos explícitos, auxilios o sanciones como el caso de Brasil. El año pasado ayudó a Javier Milei con 20.000 millones de dólares cuando peligraba el resultado de los comicios legislativos, sobre todo tras la derrota en la provincia de Buenos Aires. En esa ocasión, Trump aclaró que sólo se haría efectivo el salvataje si las elecciones las ganaba su amigo Milei.

En sintonía, Milei tuvo una incursión violenta con insultos y agravios contra Lula en el lanzamiento de la candidatura presidencial de Flávio Bolsonaro, en San Pablo, que generó una crisis diplomática sin precedentes con Brasil. Un guiño y una alineación total hacia Trump. La postura de la administración Trump es clara y precisa que es contrarrestar el avance chino y que América Latina vuelva a su zona de influencia.

Un desafío para le región

En las últimas décadas América Latina ha trabajado en fortalecer las instituciones con el fin de mantener un equilibrio que respete los derechos fundamentales independientemente que gobierne la izquierda o la derecha. Sin bien el proceso tuvo sus debilidades, sin embargo, permitieron avances en derechos de igualdad y minorías, de prensa y expresión, independencia judicial y control de cuentas.

La subordinación a los intereses de Estados Unidos pondría en jaque el poder de autonomía y maniobra de los países. Es ironía pura que quienes enarbolan la banderas nacionalistas y la defensa de la soberanía respondan a las prioridades que dictan desde el norte del hemisferio. Si es respetable que haya afinidad entre los gobiernos, pero cuidando los intereses nacionales.

Tras los ataques del 3 de enero de Estados Unidos en Venezuela, con la extracción de Nicolas Maduro y su esposa, no hubo aún una apertura de un proceso democrático que llame a las urnas, sino que se convirtió en un tutelaje ejercido desde Washington sobre la dirigencia chavista. Una revisión del “Gran Garrote Siglo XXI”.

Independientemente que la región gira a la izquierda o la derecha debe persistir la defensa a las instituciones y la democracia y evitar fundamentalmente la intervención extranjera en sus decisiones.