Colombia elige entre la continuidad, la vuelta del uribismo y un aspirante a Bukele

Un referente de la izquierda aliado de Petro, un millonario que promete mano dura y una senadora apadrinada por Uribe disputan las presidenciales en Colombia

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El candidato oficialista Iván Cepeda, favorito en las encuestas para las presidenciales de Colombia. / Facebook

Hace casi cuatro años Colombia eligió un presidente de izquierda por primera vez en su historia. Este domingo se votará en una elección muy polarizada entre la continuidad del proyecto iniciado por el presidente Gustavo Petro o un giro hacia la derecha.

Aunque hay 14 candidatos presidenciales, la contienda real se centrará en tres. El candidato de la izquierda es Iván Cepeda, un referente de derechos humanos aliado a Petro. Los retadores son Paloma Valencia, la apadrinada del expresidente de derecha Álvaro Uribe, y Abelardo de la Espriella, apodado el Bukele colombiano.

Las principales encuestas dan primero a Cepeda, pero sin alcanzar el 50% necesario para ganar en primera vuelta. Por eso muchos van a estar más pendientes este fin de semana de quién queda segundo y no tanto del primero.

Cepeda, continuidad del Pacto Histórico

El candidato del oficialista Pacto Histórico, Cepeda, un filósofo de 63 años, senador y uno de los arquitectos del llamado plan Paz Total, que algunos críticos consideran uno de los puntos más bajos de la presidencia de Petro.

La vida de Cepeda estuvo marcada desde joven por el asesinato en 1994 de su padre Manuel Cepeda, que era senador de la Unión Patriótica y dirigente del Partido Comunista. La camioneta que trasladaba a Cepeda fue baleada por policías aliados a paramilitares. Allí, junto al cadáver caliente de su padre, Cepeda hizo su aparición pública clamando justicia ante las cámaras de televisión.

Durante gran parte de su vida vivió en el exilio. Fue una figura clave en las negociaciones del acuerdo de paz que desarmó a las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) en 2016.

Su momento de mayor popularidad fue cuando venció en los tribunales al expresidente Uribe, condenado a 12 años de prisión domiciliaria por manipulación de testigos paramilitares. Aunque un juez revocó posteriormente la sentencia, Cepeda se consolidó como el mayor enemigo político del líder de la derecha colombiana y se posicionó como un referente de la izquierda.

Su plan de gobierno es la continuidad de las políticas de Petro, pero con su propia agenda de siete programas sociales contra la pobreza y la desigualdad que propone financiar con acuerdos impositivos con el sector privado.

El Bukele colombiano

En las antípodas de Cepeda está Abelardo de la Espriella. Abogado y millonario, a sus 47 años se presenta como un outsider y es considerado el Bukele colombiano. La comparación no es sólo ideológica: De la Espriella incluso copió el look del presidente salvadoreño para reforzar la conexión. 

Además de imitar a Nayib Bukele, De la Espriella es admirador de Javier Milei y Donald Trump. Su lema es la mano dura y dice que su misión es evitar que Colombia sea «destruida» por la izquierda. Propone una alianza militar con EEUU y con Israel para combatir el narco, la construcción de megacárceles al estilo de El Salvador, defiende la portación de armas y dice que su intención es desmantelar el Estado. Se hace apodar el Tigre, luce ropas de primeras marcas y tiene un discurso explosivo. Durante la campaña protagonizó varias polémicas con comentarios homofóbicos y machistas.

De la Espriella incursionó en la industria del ron y el vino, suele viajar en aviones privados y es cantante de ópera. Pero debe su fortuna a una carrera exitosa como abogado, en la que defendió a personalidades del país, incluidos narcotraficantes y estrellas de fútbol. El caso más resonante fue la defensa de Alex Saab, señalado como el testaferro del derrocado presidente venezolano Nicolás Maduro.

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Abelardo De la Espriella, el Bukele colombiano, busca entrar al balojate con un discurso de mano dura. / Facebook

 

¿La vuelta del uribismo?

Con olor a pasado, la senadora Paloma Valencia representa al establishment histórico de la política colombiana. Es nieta del expresidente Guillermo León Valencia (1962-1966), un conservador que enfrentó a las primeras guerrillas en Colombia y se alineó con Washington para contener al comunismo en el continente.

Valencia, filósofa y abogada de 48 años, se convirtió desde su escaño en el Senado en una de las voces más resonantes contra el gobierno de Petro, la izquierda y los grupos armados. Es la cara visible de la renovación dentro del partido del exmandatario Álvaro Uribe, al que ella considera su padre político. Quiere volver a la militarización al estilo Uribe con la ayuda de EEUU, que en su momento puso en jaque a las guerrillas. Su ideología es netamente conservadora frente a los derechos de las minorías y la comunidad LGBTIQ+.

En materia económica, Valencia propone reducir el Estado y recortar los impuestos para fomentar el sector productivo. Es contraria a la agenda ambiental de Petro y apuesta a extraer hidrocarburos con fracking.

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Paloma Valencia, apadrinada por Uribe, es la apuesta del establishment. / Facebook
Un giro histórico

La llegada de Petro al Palacio de Nariño en 2022 fue un quiebre en un país que había mantenido a la izquierda lejos del poder.

Hasta mediados del siglo XX, Colombia repartía el poder entre el centro y la derecha. Todo cambió el 9 de abril de 1948 con el asesinato, en pleno centro de Bogotá, de Jorge Eliécer Gaitán, líder de una facción del Partido Liberal con banderas socialistas y visto como un peligro por la clase dominante. Su magnicidio desencadenó el Bogotazo y marcó el punto más álgido de La Violencia. Durante ese período, entre 1948 y 1958, las facciones del Partido Liberal y el Partido Conservador se enfrentaron abiertamente. Aunque sin llegar a una guerra civil, fueron años marcados por los atentados y los asesinatos políticos.

Una de las consecuencias de La Violencia fue el golpe de Estado de 1953, que llevó al general Gustavo Rojas Pinilla al poder. Otra fue la creación del Frente Nacional, un acuerdo entre el Partido Liberal y el Partido Conservador para expulsar en 1958 a Rojas Pinilla de la presidencia. El acuerdo contemplaba la alternancia en la presidencia de ambos partidos y tuvo vigencia durante 16 años, hasta 1974.

A partir de la década del sesenta, Colombia experimentó un proceso de crecimiento y estabilidad económica, que en los 90 viró hacia la apertura regional y el neoliberalismo. Si bien el narcotráfico y el conflicto armado fueron dos de los grandes problemas del país durante el último medio siglo, no fueron los únicos. Una de las grandes cuentas pendientes en Colombia es la desigualdad social. Por eso, la posibilidad de que un candidato de izquierda llegara al poder generaba ilusión en algunos colombianos, pese al rotundo rechazo de otros sectores, principalmente el establishment.

La izquierda colombiana había sufrido persecución política e infinidad de asesinatos por parte de los paramilitares. Esta otra violencia contabiliza la cifra trágica de 5.733 víctimas, 4.616 asesinadas y 1.117 desaparecidas, según la Jurisdicción Especial para la Paz. Entre sus víctimas fatales hubo dos candidatos a la presidencia: Jaime Pardo Leal (asesinado en 1987) y Bernardo Jaramillo Ossa (asesinado en 1990).

La historia de la izquierda política colombiana muestra lo inusual que fue el triunfo de Petro, que tuvo un pasado guerrillero, cuando integró el Movimiento 19 de abril (M-19) en su juventud y que llegó prometiendo reformas para construir una Colombia con mayor justicia social.

Petro llegó al poder en medio de un escenario complejo. Colombia es uno de los cinco países más desiguales del mundo y el segundo en América Latina: la mitad de la población gana menos que el salario mínimo, el 46,7% de los hogares vive en pobreza y la informalidad laboral alcanza el 64%, según el Departamento Administrativo Nacional de Estadísticas (DANE). A eso se sumaban el descontento de los estallidos sociales de 2019 y 2021 y la violencia de los grupos armados financiados por el narcotráfico.

Luces y sombras del mandato de Petro

La agenda de Petro era todo un desafío. Tras lograr ciertos consensos en ambas cámaras del Congreso, avanzó con cambios importantes, pero arrastró dificultades de seguridad y gobernabilidad. Uno de sus puntos más bajos fueron los reiterados cambios de gabinete, marca de una personalidad compleja que ya había mostrado como alcalde de Bogotá.

Su apuesta central fue la reforma agraria, considerada una deuda histórica en un país donde el 52% de las tierras estaba en manos del 1,5% de la población, según un estudio de 2011 del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD). En las zonas rurales, marcadas por el abandono del Estado y la concentración de la tierra, habían ganado fuerza primero las guerrillas y luego el narcotráfico y los paramilitares. La reforma no era nueva: muchos la prometieron en campaña sin lograr los apoyos para concretarla. Petro redistribuyó más de 2,5 millones de hectáreas mediante compra directa, formalización, clarificación de propiedad y recuperación de baldíos.

El punto más bajo fue la seguridad y su plan de Paz Total, justamente impulsado por el candidato Cepeda. Hubo más presencia de grupos armados en varias regiones y el narcotráfico persistió. La violencia irrumpió en plena campaña con el magnicidio del precandidato presidencial Miguel Ángel Uribe Turbay, y a fines de abril 21 personas fueron asesinadas en un atentado en el Cauca, en el suroeste del país, cuya autoría asumieron guerrilleros disidentes de las FARC. A eso se sumaron los casos de corrupción y las peleas constantes con la oposición y el empresariado, que llevaron la polarización al extremo.

En materia económica, logró bajar la inflación tras la mayor alza en dos décadas, aunque se prevé que cierre el año en torno al 6%; sostuvo el crecimiento gracias a sectores como el turismo y redujo la pobreza con asistencia alimentaria y subsidios.

Petro también aprobó reformas laboral y de pensiones que darán una renta básica a más de 2 millones de adultos mayores, expandió la gratuidad universitaria y avanzó en una agenda verde que frenó el fracking y redujo la deforestación. En política exterior se erigió como referente de la izquierda regional, con cruces resonantes con Donald Trump que terminaron en una visita a la Casa Blanca. Su gran derrota fue no concretar la reforma de salud, frenada en el Congreso.

Colombia afronta este fin de semana unas elecciones cruciales para el legado de Petro. En un clima de polarización extrema se decidirá si la incursión de la izquierda fue un paréntesis dentro del largo dominio de la derecha o si se consolida como un giro político sostenible.